estudios críticos de la cultura estéticas y políticas de la representación

Paisajes del terror

Yerko Castro

11 de marzo, 2015

Mientras realizaba trabajo de campo en Arriaga, en las cercanías del tren de la muerte, una de mis alumnas en la universidad se detuvo a conversar con mujeres hondureñas que esperaban subir a la “bestia de acero” con destino al norte. Mi alumna estaba preocupada por comprender la violencia y la manera en que las mujeres se preparan para enfrentarla, y le preguntó a una de las migrantes lo siguiente:

–“Antes de partir a este viaje, ¿cómo te preparas?, ¿qué haces para organizarte?”.

A lo que la joven respondió:

–“Mi mamá me ayudó, ella se queda con mis hijos y yo sé que estarán bien. Antes de salir vendí algunas cosas y junté dinero; traigo pocas cosas porque el viaje es largo. También antes de salir me tomo anticonceptivos porque ya sé lo que me puede pasar”.

Mi alumna, desconsolada, compartió con sus profesores este testimonio (Álvarez Velasco, 2011). Todos estábamos tratando de pensar qué hace que una mujer que decide mejorar su vida y la de sus hijos contemple con resignación que puede ser violada en el camino, y que para prepararse es mejor tomar precauciones. O más categóricamente: ¿qué tuvo que pasar para que el cuerpo femenino se transformase en parte de las mercancías que entraban en juego en esa economía del terror?

Economía de vidas humanas

La migración puede ser definida como una experiencia de trauma. En el caso de México, con sus migrantes en tránsito, y sus largas y continuas migraciones hacia Estados Unidos, esto cobra aún más relevancia. Existen pocos lugares tan violentos de observación para un científico social como la migración.

Desgraciadamente las migraciones contemporáneas se insertan en una verdadera economía política del terror. A diario nos preguntamos cómo es posible que atestigüemos mudos la desgracia de miles de personas que pasan por nuestro territorio y no veamos de las autoridades ni de la sociedad, en absoluto, un “hasta aquí para siempre”. Si no fuese por unas cuantas poblaciones heroicas de mexicanos (como el caso de las Patronas en Veracruz), las organizaciones de derechos humanos o ciertas confesiones religiosas que han tomado para sí estas luchas, terminaríamos por concluir que parece que a nadie le importa esto.

Y una de mis tesis en este punto es la siguiente: en lugar de pensar en la violencia y las desgracias de estos migrantes como algo que ocurre al margen de la sociedad y la cultura, lejos de la economía y de la ley, tenemos que pensarlas en su perversa capacidad de ser-parte-integral de una enorme economía de vidas humanas, economía que las toma como mercancía, que considera esos cuerpos como valor y genera ganancias para muchas personas, economías locales y globales y, por supuesto, que descansa en una concepción paradójica del ser humano.

Cifras contundentes

En las discusiones legislativas en México donde se debatía una nueva ley migratoria se manifestó que el tráfico de personas indocumentadas hacia Estados Unidos generaba una ganancia económica de unos 6,600 millones de dólares (Diario 10, junio 2011, Congreso Nacional). Además, para el año 2010 la Comisión Nacional de Derechos Humanos estimaba que unos 20,000 migrantes eran secuestrados al año en México.

Todas las ganancias y cuerpos que alimentan esta economía nos deben hacer pensar que no estamos frente a un fenómeno marginal o excepcional: más bien lo contrario. En lugar entonces de pensar en la migración sólo como un fenómeno demográfico, lo debemos situar como una verdadera economía política de administración de vidas humanas, cuyas ganancias –y allí reside otra de sus perversidades– van a parar a un amplio conjunto de actores que caben dentro del esponjoso concepto de “crimen organizado”.

También, por las informaciones oficiales y de muchos organismos internacionales, sabemos que en estos paisajes del terror no sólo tratamos con rostros encubiertos, actores ilegales, sino al contrario, toda una gama de autoridades, actores del “orden” y caras visibles son parte de esta orquestación del terror. En la Séptima Encuesta Nacional sobre Inseguridad realizada por el INEGI en 2011 se confirmó que los migrantes secuestrados en su paso por México no denuncian, entre otras cosas, por el miedo (a los agresores, a los extorsionadores), la desconfianza a la autoridad o por la propia hostilidad de estas autoridades.

Aquí reside otra de nuestras dramáticas paradojas. Los migrantes, en lugar de buscar la protección de las autoridades en México, huyen de ellas, a sabiendas de las consecuencias que podría traerles una relación con las mismas. En este sentido, el miedo, la desconfianza y la hostilidad son las bases sentimentales que definen las relaciones de la mayoría de los migrantes con las autoridades mexicanas y con la ley.

Todo esto tiene un impacto profundo en la subjetividad de los migrantes y de nosotros mismos como observadores. Cuando las líneas que dividen a las autoridades de los perpetradores de agresiones hacia los migrantes se tornan difusas, cuando no tenemos certeza casi de nada respecto a esto, ocurre lo que Sousa Santos ha llamado “exceso de sentido”. Este autor portugués estudió el caso de Colombia en sus peores años y explica como el terror se va apoderando de casi todos los rincones de la mentalidad social, resultando de ello que se torna entonces difícil separar a víctimas de victimarios, buenos de malos, generando un sobresentido que provoca confusión y desconfianza. Y eso es precisamente lo que paraliza cualquier respuesta social al problema.

Concepción paradójica y perversa

Pero si extiendo aquí mi análisis para tratar de entender lo que encontramos detrás de todo esto, no puedo dejar de pensar en esa mujer que antes de iniciar el viaje hacia el norte decide tomar pastillas para evitar un embarazo. ¿Por qué ella, y muchos de nosotros, hemos llegado a naturalizar o a ver como obvia la relación entre violencia y migración? ¿Por qué la migración, las fronteras y los movimientos de población por México y el mundo han llegado a estar indisolublemente ligadas a economías del terror y del miedo?

Mi respuesta es que todo esto ocurre todo el tiempo porque subyace en su base una concepción paradójica y perversa del ser humano. Y esta es mi segunda tesis: Toda política contemporánea se sustenta en una doble definición del ser humano y de la vida. El signo visible es que mientras la política busca defender la vida y al ser humano, consagra sus derechos y los establece como prioritarios, invariablemente para lograrlo, para alcanzar sus humanitarios objetivos, debe provocar también la muerte de aquellos que no son tan humanos, o al menos no como nosotros mismos lo definimos.

Es decir, toda política de defensa de la vida lleva implícita su opuesto (Foucault, 1978). Para que unos vivan, otros deben morir. O, en la demoledora expresión de Foucault, “las matanzas han llegado a ser vitales”. Sabemos por los estudios de autores como Agamben, Butler, Esposito y varios más, que nuestra economía política contemporánea descansa en esta antinomia imposible, en una contradicción absoluta. Esposito lo dice de este modo:

No hay fenómeno de relevancia internacional que escape a la doble tendencia que lo coloca en una única línea de significado; por una parte, una creciente superposición entre el ámbito de la política, o del derecho, y el de la vida; por la otra, un vinculo igualmente estrecho con la muerte (Esposito, 2011).

Mi llamado es a que despertemos de este pesado sueño que produce alienación por todas partes. Necesitamos un compromiso y activismo social y académico que coloque esto como primera línea de discusión y, sobra decirlo, debemos remodelar y transformar radicalmente nuestra concepción de vida y de ser humano. La defensa de ello no sólo nos compromete con los otros, con los que ahora sufren, sino con nuestros más básicos pilares de este edificio social que nunca ha terminado por estar del todo bien construido.