estudios críticos de la cultura estéticas y políticas de la representación

El clandestino: los lindes de la ley

José Luis Barrios

15 de agosto, 2016

…una familia de personas es un múltiple presentado de la situación social (en el sentido de que habita en un mismo departamento, sale de vacaciones, etc.), pero es también un múltiple representado, una parte, en el sentido en que cada uno de sus miembros está inscripto en un registro civil, tiene la nacionalidad francesa, etc. Sin embargo, si alguno de los miembros de la familia físicamente ligado a ella, no está inscripto legalmente, es un clandestino y, por esa circunstancia, no sale nunca solo, o se disfraza, etc.; se puede decir que esta familia, aunque presentada, no está representada. Es por consiguiente, singular.

Alain Badiou, Ser y acontecimiento.


En la historia del derecho y el Estado moderno, la excepción es la producción de un sujeto representado en tanto excluido: la producción de éste consiste en que es representado en la medida que su propia condición es un afuera que es puro adentro. En este contexto, se produce una condición aporética, en lo político y en su formalización legal, a la hora en que el exterior es definido por una suerte de sustracción particular al todo, pero siempre en función de que este todo define el estado mismo de la representación. La manera en que constantemente nos son presentados ciertos sujetos, como por ejemplo el migrante, el desplazado o el narcotraficante, es, quizá, el ejemplo más radical de esta aporía; en la modernidad industrial, estos sujetos, entre otros, son la figura misma del delincuente: quien convierte la ley en síntoma y hace del orden jurídico la expresión misma de la potencia de la ley como derecho al castigo (el derecho penal).

Este principio de la ley, sin embargo, no puede ser pensado como inalterable; antes bien, en la lógica de la crisis de la globalización y su relación con lo económico y lo político, la figura del delincuente tiende de más en más a articularse en términos de precariedad y raza. Así, las formas de “tipificar” la delincuencia en nuestras sociedades guarda una franca relación con el cuerpo, en una suerte de conversión de las “fobias” por el otro que se desplaza a la relación entre fuerza (trabajo), cuerpo y lugar. El ejemplo quizá más extremo de esto es el modo en que “lo delincuente” se inscribe en relaciones de cuerpo, territorio, raza y cultura: pensemos, por ejemplo, en el migrante centroamericano o en el migrante de medio oriente; estos “clandestinos” dibujan una nueva relación entre ley y culpa, a su vez relacionada con la hegemonía de los centros cosmopolitas de la política y la economía.

El delincuente es una suerte de sujeto expulsado de la comunidad en tanto que ofende la prohibición sobre la que se funda la comunidad. Por ello, buscar la solución a la aporía en términos de esta exterioridad, definida por la fuerza y la soberanía de la ley, no puede sino producir esa extraña sensación de injusticia, coraje y admiración que, ante ciertas situaciones, produce la figura del delincuente. En un punto intermedio, entre la culpa y la deuda, el delincuente conduce los sistemas de regulación jurídica hacia la lógica del destino, es decir, al extremo de la contradicción de la ley, donde la víctima y el victimario son presas de la soberanía del destino, tal y como nos lo muestra el cuento de Kafka En la colonia penitenciaria. En éste, la condición de la ley se naturaliza al punto en que el lenguaje deviene la máquina misma de aniquilación del verdugo. En dicho desquiciamiento, Kafka hace coincidir el destino y la ley, que no es otra cosa, parafraseando a Benjamin, que la implicación que subyace detrás de la pena de muerte como la expresión absoluta de la antinomia del derecho: reducto del absurdo de la ley, la pena de muerte reconoce ante la ley el “derecho” del criminal ser liquidado, nulificado, “asesinado” por la ley desde la ley.

En este límite de la ley –como derecho sobre la vida y la muerte– se inscribe la condición radical de lo (in)significante –la muerte– como destino de sobresignificación de la ley. Acaso por ello, en esta ruptura entre lo que posibilita lo imposible, en la fractura entre sentido y destino, en el entre del imaginario y del lenguaje, es donde tendríamos que buscar la condición de (im)posibilidad de la subversión del singular. Lo que en términos de la clandestinidad en nuestros días significa no sólo dar cuenta del debilitamiento de los derechos políticos que la jurisprudencia del siglo XX consumaba –sobre todo, el derecho de asilo–, sino de atender formas de enunciación que delimiten un imaginario de alteridad bajo el umbral donde la existencia se desdibuja entre la retórica del humanismo global y la violencia a los cuerpos en las formas de esclavitud laboral contemporánea.

Quizá la idea del clandestino de Alain Badiou, al menos desde los argumentos brevemente desarrollados aquí, es la contrafigura a partir de la cual pensar cierta lógica de los mundos posibles. Pensar de nuevo, o por primera vez, la aporía que se inscribe en la fuerza de ley: la zona de incertidumbre que se produce en el vaciamiento del signo. Si, como lo sugiere el epígrafe que introduce este ensayo, el clandestino es aquel que fundamentalmente carece de representación, pero pertenece a un múltiple, esto supone que dicho múltiple, en tanto acoge al huésped, produce una carencia de representación que introduce una negatividad radical en la lógica misma de la representación. Esto, en términos jurídicos y políticos, significa definir la condición de (im)posibilidad de lo (in/re)presentable. El clandestino, de acuerdo a esto, expresaría la condición del vacío como pura potencia de presentación o acontecimiento; como potencia de agenciamiento del cuerpo en tanto derecho no sólo humano, sino derecho a la buena vida, algo que quizá tenga que ver con cómo pensar el valor social y político del trabajo. De esta manera, entender al clandestino –sea este el migrante centroamericano, el narcotraficante, o el desplazado que busca asilo en las naciones de la unión europea–, no como quien se representa por haber transgredido a la ley, sino como una exclusión que la modernidad globalizada y su ley misma produce, podría permitirnos pensar la condición formal –racional– donde quizá, y sólo quizá, el sentido de lo en-común se ve obligado a negociar su estatuto de representación ante la ley y poder; y donde la ley tendría que asumir el múltiple singular de los cuerpos y sus precariedades. Habrá que pensar, desde aquí, el estatuto soberano de la vida y la política, pensar el orden de enunciación del múltiple singular que aparece como presión (in) significante de toda significación. ¿No deberemos llamar a esto, también, política de la desnudez o resistencia?

José Luis Barrios es filósofo e historiador del arte. Académico del Departamento de Arte de la Universidad Iberoamericana e Investigador Nacional nivel II, es autor de múltiples libros sobre arte, estética, y el problema de la representación. Sus artículos académicos y libros pueden consultarse aquí.