estudios críticos de la cultura estéticas y políticas de la representación

El muro de Trump y la higiene de la cultura arquitectónica

Arturo Ortiz

22 de agosto, 2016

“El nivel formal históricamente más elevado y estricto, que es aristocrático pero condenado a su propia decadencia, es llamado a dominar como una fuerza sobre la naturaleza “bárbara” en una afirmación plena de nihilismo con el fin de provocar el máximo poder vital y hacer que destaque el superhombre. La imagen del superhombre, vista provisionalmente como mythos, determina el curso de la acción cuya expresión más elevada es la guerra.”

Ansgar Hillach, The Aesthetic of Politics: Walter Benjamin’s
Theories of German Fascism


El candidato republicano a la presidencia norteamericana, Donald Trump, ha propuesto de manera obsesiva la necesidad de crear un muro más alto y más fuerte para evitar que los migrantes mexicanos ingresen al territorio estadounidense. La postura del candidato ha provocado todo tipo de reacciones, desde aquellas que la rechazan de manera rotunda, hasta aquellos que la respaldan, y que ven en el muro una solución a un problema de migración que, a todas luces, se presenta de manera parcial y sin mucha información.

Hay también empresas que han solicitado participar en la construcción que propone en candidato; incluso en el escenario de la arquitectura han surgido reacciones como la de The Third Mind Foundation, que convocó a un concurso internacional de diseño para volver a conceptualizar el muro en la frontera entre Estados Unidos y México; el concurso fue promovido por la revista de arquitectura en internet ArchDaily, la cuál tiene millones de seguidores. En mi opinión, el muro y el concurso representan un ejemplo característico de lo que Walter Benjamin llamó la estetización de la política: por un lado, la justificación del concurso plantea hechos históricos que no presentan ni una realidad demográfica, ni una explicación de las dinámicas migratorias laborales que surgen hoy en todo el mundo y, en particular, en el proceso histórico de la migración entre México y Estados Unidos. Parece que hay un intento por mantener la imagen histórica de la frontera tal y como el candidato republicano –quien sugiere que la sociedad estadounidense se enfrenta a un peligro inminente, representado por los mexicanos inmigrantes que materializan la ilusión de una verdad distorsionada que valida un relato parcial y mitológico– la presenta. Sin embargo, el peligro al que el candidato se refiere opera en un sentido diferente en la realidad, ya que éste se compone principalmente de la explotación de dispositivos en la imaginación que localizan en el cuerpo del migrante la amenaza a la seguridad individual y nacional de los norteamericanos. El fenómeno implica una radicalización en temas raciales que se da precisamente a través de la estetización de la política, donde la creación de imágenes desiderativas e identificables forman un espectáculo, en este caso representado por visualizaciones de un práctico muro, alto y fuerte, que detiene a mexicanos estereotipados con gran determinación, un muro capaz de distraer la atención del observador sobre las dinámicas que operan en el fenómeno migratorio.

El concurso de diseño para reconceptualizar el muro de la frontera México-Estados Unidos intenta mejorar la creatividad técnica con el fin de proporcionar una solución práctica —y probablemente estética— al muro, y al destacar que no toman ninguna posición sobre este tema, los organizadores se han tratado de alejar de la responsabilidad que implica un concurso de esta naturaleza. El gran riesgo, como lo pone Benjamin, no está en localizar este muro espectacular como una fantasmagoría fetichista de los instrumentos de validación arquitectónica, sino como un dispositivo que produce olvido, una anestesia, con el cual las preocupaciones éticas y políticas de una sociedad son reemplazadas por preocupaciones estéticas. La política de la frontera de Trump no se juzga por su condición ética o por su comprensión histórica, sino por lo atractivo y sugerente de su aspecto exterior: un gran y poderoso muro; parecido a lo que Albert Speer, arquitecto de cabecera del régimen Nazi, concibió para la famosa reunión en Nuremberg en 1934, un gran espectáculo de luz, con efectos sublimes, que fue llamado "la catedral de la luz". Si es precisamente en lo sublime donde el arte —y la sociedad— comienzan a aliarse con la fuerza y la intensidad de la guerra, me pregunto: ¿cuál es el papel de Third Mind Foundation y Archdaily en este tema?, ¿serán parte del espectáculo de luz, o parte de una sociedad instrumentalizada?

Si analizamos la información proporcionada por el "Anuario de migración y remesas” sobre los flujos migratorios en América, podemos ver que hoy habitan aproximadamente 45.8 millones de migrantes en los Estados Unidos. A pesar de que viven al norte de la frontera 35.8 millones de personas de origen mexicano, dos tercios son de segunda y tercera generación, es decir, aproximadamente 24 millones nacieron en los EE.UU., de manera que sólo 11.5 millones nacieron en México. Por otro lado, la migración de regreso a México se ha incrementado significativamente, no sólo debido a los repatriados por el gobierno norteamericano, sino también debido a razones profesionales o familiares. Según el anuario, en 2010, por ejemplo, el número de migrantes mexicanos que entraron en territorio de EE.UU. fue de 360,369, mientras que 264,779 regresó a México, lo que significa que hubo una diferencia de 95,590 mexicanos que migraron al país del norte, quienes representan el 0.83% de los migrantes mexicanos que viven en Estados Unidos. Mientras que los últimos datos presentan un rebote en la migración de mexicanos hacia los Estados Unidos en 2013, la diferencia entre los que salieron de México y los que regresaron fue de 200,166 personas, que representan sólo el 1.74% de los migrantes mexicanos que viven en Estados Unidos. El 27.9% de los migrantes mexicanos en los Estados Unidos hoy en día tiene la nacionalidad estadounidense, y un gran porcentaje han normalizado su estado de trabajo. Muchos de ellos entran y salen de Estados Unidos principalmente por vías aéreas; mientras que una gran cantidad de migrantes que cruzan o intentan cruzar por la frontera de manera ilegal son centroamericanos, quienes tienen que lidiar con las terribles condiciones que implica el transitar por México.

El territorio mexicano se ha convertido en una enorme frontera para los migrantes centroamericanos y mexicanos que migran desde el sur del país. Las rutas de los migrantes en México se caracterizan por altos niveles de violencia y la imposibilidad de hacer valer los derechos humanos, no sólo cuando cruzan a través de territorios dominados por grupos del crimen organizado, sino también cuando atraviesan retenes migratorios o de seguridad de las instituciones de seguridad pública que, en muchas ocasiones, entre la corrupción y la impunidad, terminan por funcionar de manera similar a la delincuencia organizada o, incluso, son parte de ésta. La explotación sexual de mujeres y niños, así como la desaparición y asesinato de los migrantes en estas áreas son hechos realmente aterradores. El contexto es tan agresivo que ha supuesto la creación de nuevas rutas para migrantes que cada vez consideran más el riesgo que implica entrar en lo que podríamos llamar tierra de nadie. Por otro lado, las políticas de Estados Unidos han contenido de manera eficiente el flujo de migrantes en las zonas urbanas, y actualmente los migrantes logran cruzar más fácil por zonas desérticas, lo cual ha causado la muerte de miles de personas que no pueden sobrevivir a las condiciones del desierto. Parece que la política antimigratoria actual del vecino del norte es mucho más flexible con los flujos de migrantes que tienen consecuencias menores para las autoridades. El hecho es que incluso en estas situaciones adversas para el tránsito de los migrantes no se logra detener la migración laboral. Sin lugar a duda, es más complejo ir a través de un paisaje dominado por los Zetas o caminar durante días por el desierto, que saltarse uno, dos o incluso tres muros, por muy altos que sean.

La distribución de información estadística, así como una explicación un poco más enterada de la dinámica migratoria, es suficiente para hacer cuestionable la estrategia del candidato republicano, y pone en evidencia una comprensión deficiente de la situación, al tiempo que muestra como se ha presentado el tema con un desvío de la información que impide una lectura ampliada sobre el fenómeno. Si miramos con atención, el muro de Trump servirá de muy poco para contener una demanda de trabajo global que existe, así como para detener el flujo necesario de personas de diferentes nacionalidades que migran a ese país con la finalidad de satisfacer esa demanda. La estrategia del muro también está lejos de la información demográfica que dibuja un contexto mucho más complejo y heterogéneo que un grupo de jóvenes capaces de saltar altos muros.

Desde México, podemos observar la historia del nuevo muro como un recuerdo permanente de los mensajes claros que en los últimos años ha dado el gobierno de Estados Unidos. El fortalecimiento de las políticas hacia los migrantes ilegales, junto con una lucha permanente para formalizar el empleo profesional a través el establecimiento de visas de trabajo, son dos caras de la misma moneda. En medio de los avances y retrocesos en las cuestiones de migración entre las dos naciones fluyen procesos de discriminación que se desprenden de los lugares más extraños, incluso desde la arquitectura.

El memorial para los caídos en el ataque del 11 de septiembre de 2001 es un ejemplo claro; diseñado por Michael Arad, excluye al menos 10 inmigrantes mexicanos. Parece que el arquitecto no pudo encontrar pruebas suficientes para escribir los nombres de los mexicanos indocumentados que murieron en los ataques, aun cuando información otorgada por el restaurante Ventanas del Mundo, situado entonces en el piso 107 del World Trade Center, informó que algunos de los 73 empleados que perdieron sus vidas eran mexicanos indocumentados, e incluso después de que el consulado de México en Nueva York fue capaz de identificarlos.* El nuevo monumento neoyorkino trabaja para evitar el olvido a los ataques terroristas y también para construir un significado de los sucesos que sufrió esa nación, pero al mismo tiempo el memorial borra el nombre de algunos de los caídos; sin duda una situación extraña. En particular los medios dedicados a temas de arquitectura, incluso en México, han presentado al memorial por su diseño arquitectónico: en algunas ocasiones se ha discutido la forma del mismo, e incluso se han cuestionado algunas soluciones arquitectónicas, pero no se ha hecho ninguna otra pregunta o reflexión sobre los nombres de los caídos que, al fin y al cabo, son quienes le dan sentido al memorial. Los medios de arquitectura se han presentado completamente separados de una reflexión política o ética; al igual que The Third Mind Foundation, parece que intentan mantenerse políticamente neutrales. Así que el problema no es sólo acerca de cómo la arquitectura puede ser instrumentalizada y apropiada por estrategias políticas como las de Donald Trump, sino de de cómo la cultura arquitectónica revela principios segregacionistas e impulsos discriminatorios completamente limpios de una discusión ética y política.

En mi opinión existe un proceso de higienización cultural que soporta circunstancias similares a las del muro, donde la forma de proceder del campo de conocimiento conformado por la producción de espacios y en particular de arquitectura, se han abstraído de toda responsabilidad. La casa blanca de Peña Nieto provocó la crisis más importante del actual gobierno federal, que por cierto también fue publicada por ArchDaily; pero aunque se desplegaron todo tipo de críticas, desde las plataformas más diversas, los medios de validación arquitectónica permanecieron mudos. En el trabajo de arquitectos que se presenta en el libro del INFONAVIT, recientemente publicado por Arquine, prestigiados arquitectos presentan proyectos de casas y fraccionamientos en un lugar imaginario e irreal, cuando probablemente el problema más grande del modelo de vivienda sea precisamente su localización. Pese al prestigio y seriedad de esa editorial, el libro no cuestiona las agresivas condiciones financieras en las que viven millones de familias, ni menciona alguno de los desoladores datos sobre la violencia que opera en estos sitios, o bien el desastre urbano de dimensiones históricas que representa este modelo urbano; al contrario, el libro intenta validar culturalmente a uno de los institutos de vivienda responsables del desastre. Estos otros ejemplos colocan al proceso de modernización arquitectónico en una pausa apática que corresponde más a la cultura de consumo y la producción de fetiches culturales que a un campo de conocimiento donde las consideraciones éticas o políticas funcionen como guías de la modernización a través de la producción de espacios y en particular de la arquitectura.

* Sus nombres son: Alicia Acevedo Carranza, Arturo Alva Moreno, Margarito Casillas, José Manuel Contreras Fernández, Germán Castillo Galicia, Joel Guevara González, Fernando Jiménez Molinar, Víctor Antonio Martínez Pastrana, Juan Romero Orozco y Jorge Octavio Santos Anaya. Cfr. A. Delano y B. Nienass, “Making Absence Present: The September 11 Memorial.”

Arturo Ortiz Struck es professor de arquitectura de la Universidad Iberoamericana y professor invitado de la Maestría de Diseño Urbano en la Universidad de Michigan. Miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte del FONCA del 2007 al 2014 y ganador del Premio Nacional de Periodismo Rostros de la Discriminación por su artículo “Desde la arquitectura, la discriminación”, publicado en la revista Nexos, en abril 2012.