estudios críticos de la cultura estéticas y políticas de la representación

La espinosa despolitización y desintegración de la identidad en el capitalismo tardío

Francisco Castro

5 de septiembre, 2016

Recordemos la trama del filme de Orson Welles “El ciudadano Kane”. Con ello habremos establecido un punto de partida para abordar un tema que Slavoj Žižek maneja en su texto El espinoso sujeto. En la película observamos cómo el capitalismo contribuye a los procesos de desintegración de la identidad (masculina en este caso). La razón de esta desintegración es la pérdida de operatividad de los modelos de la vieja clase obrera que regulaban dicha identidad de forma tradicional. Žižek realiza una revisión similar a partir de dos películas inglesas: “Brassed Off” y “The Full Monty”, en las que no abundaré ahora; baste decir que, como El ciudadano Kane, estas películas expresan dos versiones adicionales sobre la desintegración de las identidades que vivimos y el momento de despolitización en el que nos encontramos.

En cualquier caso, lo que Žižek pretende mostrarnos es cómo todos los esfuerzos de subversión contra el capitalismo parecen estar condenados al fracaso, al grado de convertirse en andanzas cómicas. Los modos de enfrentarse con la pérdida catastrófica, esos que recurren al consumo como apropiación de meras formas vacías, o aquellos que renuncian heroicamente a una falsa dignidad narcisista, resultan intentos desesperados y trágicos. Lo triste, sostiene Žižek, es que en algún sentido ésa es toda nuestra situación política actual: hoy, después del desmoronamiento de la idea marxista –de que es el propio capitalismo el que, bajo el disfraz del proletariado, genera la fuerza que lo destruirá–, ningún crítico del capitalismo, ninguno de los que tan convincentemente describen el vórtice mortal al que está arrastrándose el así llamado proceso de globalización, tiene alguna idea clara de cómo podemos librarnos del capitalismo. Es decir, no tiene sentido pregonar un retorno a las viejas nociones de lucha de clases y revolución socialista; la pregunta de cómo es posible socavar realmente el sistema capitalista global tal vez no tenga realmente respuesta, al menos no en un futuro inmediato.

Žižek nos habla de dos actitudes ante ello: o la izquierda se enrola hoy nostálgicamente en el encantamiento ritual de las viejas fórmulas, ya sean las del comunismo revolucionario o las del Estado de bienestar del reformismo socialdemócrata, y desdeña así de manera simplista la nueva sociedad posmoderna, o termina aceptando el capitalismo global como la única regla posible de juego y opera la tramposa doble táctica de prometer a los empleados el mantenimiento de un máximo posible de Estado de bienestar, y a los empleadores el pleno respeto de las reglas del juego del capitalismo global, acompañado de las firmes censuras de las demandas “irracionales” de los empleados. Así, las políticas de izquierda actuales se limitan, en efecto, a elegir entre la actitud ortodoxa de tararear las viejas canciones comunistas o socialdemócratas (aunque sabemos que ya se les pasó su hora) y la actitud centro-radical, que consiste en librarnos de los últimos vestigios del discurso izquierdista.

La gran novedad de la era postpolítica actual —de la era del “fin de las ideologías”— es la despolitización radical de la esfera de la economía: el modo en que la economía funciona es aceptado como un simple dato del estado de cosas objetivo. Sin embargo, en la medida en que esta despolitización fundamental sea aceptada, todas las discusiones sobre la ciudadanía activa y sobre los debates públicos de donde deberían surgir las decisiones colectivas seguirán limitadas a cuestiones “culturales” de diferencias religiosas, sexuales o étnicas —es decir, diferencias de estilos de vida— y no tendrán incidencia real en el nivel donde se toman las decisiones de largo plazo que nos afectan a todos. En suma, la única manera de crear una sociedad donde las decisiones críticas de largo plazo surjan de debates públicos que involucren a todos los interesados es poner algún tipo de límite radical a la libertad del Capital, subordinar el proceso de producción al control social. La repolitización radical de la economía. Esto es: si el problema con la postpolítica actual, que se dedica simplemente a la “administración de los asuntos sociales”, es que cada vez socava más la posibilidad de una acción política verdadera, ese socavamiento responde directamente a la despolitización de la economía, a la aceptación común del Capital y de los mecanismos del mercado como herramientas/procedimientos neutros que deben ser explotados.

Ahora podemos comprender por qué la postpolítica actual no puede acceder a la dimensión verdaderamente política de la universalidad: porque impide silenciosamente que la esfera de la economía se politice. En todas esas políticas centradas en cuestiones particulares (derechos homosexuales, ecología, minorías étnicas, etc.), en toda esa actividad incesante en torno a identidades cambiantes y fluidas, en toda esa construcción múltiple de coaliciones políticas pragmáticas, hay algo inauténtico, algo que, en última instancia, se parece demasiado a la actitud del neurótico obsesivo, que habla todo el tiempo y despliega una actividad frenética precisamente para garantizar que algo —lo que realmente importa— no sufra perturbación alguna y permanezca inmovilizado. Así, en vez de celebrar las nuevas libertades y responsabilidades proporcionadas por la “segunda modernidad”, es mucho más importante centrarse en aquello que permanece idéntico en medio de esa fluidez y esta reflexividad globales, en lo que funciona como el verdadero motor de esa fluidez: la lógica inexorable del Capital. La presencia espectral del Capital es la figura del Otro que no sólo sigue siendo operativo cuando se desintegran todas las encarnaciones tradicionales del Otro simbólico, sino que directamente provoca esa desintegración: lejos de enfrentarse con el abismo de la libertad, el sujeto actual está preso, ahora quizá más que nunca, en una compulsión inexorable que gobierna efectivamente su vida.

Por supuesto, Žižek reconoce el impacto tremendamente liberador de la politización posmoderna de terrenos hasta entonces considerados apolíticos como el feminismo, la homosexualidad, la ecología o las minorías étnicas, pues es un hecho que el que esos problemas no sólo hayan sido percibidos como intrínsecamente políticos, sino que hayan dado a luz a nuevas formas de subjetivación política, rediseñó todo nuestro paisaje político y cultural. De modo que no se trata de dejar de lado ese tremendo progreso para reinstaurar alguna versión del así llamado esencialismo económico: el asunto es que la despolitización de la economía genera el populismo de la Nueva Derecha, con su ideología de la Moral de la Mayoría, que hoy es el principal obstáculo para la satisfacción de las numerosas demandas (feministas, ecológicas…) en las que se centran las formas posmodernas de subjetivación política. En resumen, Žižek habla de un “retorno a la primacía de la economía” no en detrimento de los problemas planteados por las formas posmodernas de politización, sino precisamente para crear las condiciones de la más efectiva satisfacción de esas demandas.

Žižek nos muestra un indicador extra de la necesidad de algún tipo de politización de la economía. Se refiere a la perspectiva abiertamente “irracional” de concentración casi monopólica del poder en manos de un solo individuo o corporación. Tal era el caso de Charles Foster Kane en la película que antes analizamos y tal es ahora el caso, por ejemplo, de Rupert Murdoch o de Bill Gates. Si la próxima década produce la unificación de los múltiples medios de comunicación en un solo aparato que combine las características de una computadora interactiva, un televisor, un equipo de video y de audio, y si Microsoft o Apple realmente consigue convertirse en el dueño casi monopólico de ese nuevo medio universal, controlando no sólo el lenguaje que se emplee en él sino también las condiciones de su aplicación, entonces es obvio que nos enfrentaremos con una situación absurda en la que un solo agente, libre de todo control público, dominará la estructura comunicacional básica de nuestras vidas y será, por lo tanto, más poderoso que cualquier gobierno. Ello, sin duda, da pie para más de una intriga paranoica. Dado que el lenguaje digital que todos usaremos habrá sido hecho por hombres y construido por programadores, ¿no es posible imaginar a la corporación que lo posea instalando en él un ingrediente de programación secreto que le permita controlarnos, o un virus que ella misma podrá detonar, interrumpiendo nuestra posibilidad de comunicación? Cuando las corporaciones de biogenética afirman su propiedad sobre nuestros genes patentándolos, lo que también hacen es plantear la paradoja de que son dueñas de las partes más íntimas de nuestro cuerpo, de modo que todos, sin ser conscientes de ello, ya somos propiedad de una corporación. La perspectiva que vislumbra Žižek es que tanto la red comunicacional que usamos como el lenguaje genético del que estamos hechos serán propiedad de, y controlados por, corporaciones (o por una corporación) libres del control público.

Francisco Castro Merrifield es profesor-investigador en el Departamento de Filosofía de la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México y miembro del Sistema Nacional de Investigadores. Su trabajo versa sobre las relaciones entre las formas de significación y la constitución de la subjetividad en la modernidad tardía.