estudios críticos de la cultura estéticas y políticas de la representación

Fotografía contemporánea en México: lo invisible a la vista

Sergio Rodríguez Blanco

19 de septiembre, 2016

Entre los treinta y tantos y los cuarenta y pocos, un reducto de autores que trabajan en México ha encontrado un modo no sólo de explorar la realidad a través de la fotografía, sino de investigar lo visible para ofrecer una postura crítica ante las estructuras invisibles, o poco evidentes; ésas que están ausentes en los medios y diluidas en las redes sociales. Sin olvidar su origen geográfico, o su circunstancia social, utilizan la fotografía para rastrear las problemáticas globales que afectan a México, como la migración, la violencia, la exclusión, pero partiendo de postulados teóricos amplios sobre la fotografía como un sistema de representación (y esto la asocia con el arte) y también de registro (y eso la liga al periodismo).

Estos alegoristas de la realidad ejercen, cada cual desde su trinchera, una necesaria práctica exógena de la fotografía (miro el mundo con la cámara y con el cerebro) alejada, por fortuna, de la desinformada y turística primera persona fotográfica (yo capturo el mundo, pero no lo conozco) y opuesta al egocentrismo de la autoría mal entendida (el mundo me mira a mí).

Entre ellos, hay verdaderos cronistas de las afectaciones sociales que engendran las dinámicas geopolíticas. Mauricio Palos (San Luis Potosí, 1981) encuentra personajes que funcionan como metonimias y metáforas de los contextos violentos. Así investigó durante cuatro años las minas mundiales de migrantes indocumentados en sus Crónicas de Centroamérica, o siguió la pista de un florista de funerales en Ciudad Juárez. Sin moverse de Monterrey, donde vive Alejandro Cartagena (República Dominicana, 1977), su serie Car Poolers presenta decenas de tomas de trabajadores y obreros que viajan al aire libre en la parte trasera de camionetas pickup hacia la ciudad o de regreso a las áreas conurbadas. Arropados, charlando, durmiendo, vistos desde el cielo, parecen salir de cuadros costumbristas de Goya, pero en realidad son un síntoma de las dinámicas económicas globales (y sus escapes). Dominic Bracco II (Texas, 1986) ha investigado la frontera a través de la fricción poética entre la fotografía (que no siempre se explica por sí misma) y el texto informativo que la acompaña: sirva como ejemplo una de las imágenes del proyecto The Northern Pass, que capta a una mujer con embarazo avanzado y a un joven, ambos abrazados y aparentemente dormidos en un coche; sólo al leer el pie de foto sabemos que los tres murieron por la misma bala.

Otros prefieren investigar con juegos formales, humor y guiños críticos mucho más sugeridos que explícitos. Livia Corona Benjamin (Ensenada, 1975) logra revelar estructuras alienantes que, en apariencia, no son tales. Basta mirar su serie Two Million Homes for Mexico, constituido por decenas de tomas de las miles de casas lineales en los suburbios de interés social que impulsó el gobierno de Vicente Fox, donde se aprecia que sí hay viviendas, pero no escuelas, parques, ni lugares de ocio. Alex Dorfsman (Ciudad de México, 1977) apela a las posibilidades de la fotografía como antídoto ante lo vertiginoso de esta época de encantamiento visual y sobresaturación de imágenes. En su exposición individual Confluencia topográfica, que presentó en 2015 en Casa del Lago, los juegos ambiguos de percepción logran que la naturaleza emerja en medio de recintos urbanos. Con sus maquetas destructibles, Adela Goldbard (Ciudad de México, 1979) recrea acontecimientos reales y espectaculares cargados de implicaciones políticas. Detenciones de capos del narcotráfico, explosiones de vehículos, accidentes de avión con mandatarios en su interior se transforman a veces en parodias y ficciones que abonan un espacio crítico de reflexión política que no ha logrado el periodismo mexicano.

Otros exponentes se han centrado en mirar segmentos de la realidad que permanecen invisibles, pero que responden a sus propias dinámicas y estructuras al interior de estructuras más grandes. Para construir The Dark Book, Omar Gámez (Ciudad de México, 1975) dedicó dos años a documentar cuartos oscuros de forma clandestina. Sus imágenes barridas y fantasmagóricas, sin rostros claros, sugieren escenas en blanco y negro donde el acto sexual entre hombres se funde formalmente con la propia atmósfera. Giulia Iacolutti (Rimini, Italia, 1985) convivió durante meses con mujeres de la comunidad musulmana en México, muchas de ellas mexicanas convertidas que narran una versión que no coincide con la estigmatización mediática de este grupo. En el fotoensayo Nueva Era, José Luis Cuevas (Ciudad de México, 1973) recorrió América Latina para registrar con una estética cercana a la pintura barroca las extravagancias de distintos cultos y sectas desde la masonería a las ceremonias televisadas. El proyecto Mujeres Flores, de Eunice Adorno (Ciudad de México, 1982) se inserta en la vida cotidiana de las menonitas del norte de México de modo que más que registrar, busca explorar y entender el protagonismo silencioso de las mujeres.

Desde las grandes urbes o desde las fronteras norte y sur, estos fotógrafos nacidos o no en México asumen la relación no siempre evidente entre la fotografía y la escritura de no ficción (el periodismo, el ensayo) lo cual no quiere decir que busquen necesariamente documentar la realidad, pero sí que la cámara les sirve para plantear una mirada que, sin dejar de ser subjetiva, profundiza en la realidad y genera una reflexión informada sobre un contexto dado. Las estrategias son muy variadas, pero el elemento común es que requieren de tiempo para investigar, ya sea a partir de la inmersión del cronista o el antropólogo, o mediante la reconfiguración curatorial y el montaje de imágenes y textos. La fuerza contemporánea de estos autores no se centra en usar la tecnología para manipular digitalmente, sino en proponer nuevas formas de detenerse a mirar la realidad para contrarrestar el encantamiento dominante de nuestra cultura, que tiende a aplanar cualquier cosa que se le ponga enfrente.

(Una parte de este texto fue publicada en un artículo en la revista Código, julio 2016)

Sergio Rodríguez Blanco es académico del Departamento de Comunicación de la Universidad Iberoamericana. Obtuvo el Premio Bellas Artes para Crítica de Artes Plásticas y el Premio Nacional de Ensayo sobre Fotografía. Su línea de investigación abarca los cruces y promiscuidades entre periodismo, arte y literatura (periodismo narrativo, escritura de no ficción, fotoperiodismo, fotografía contemporánea, cultura visual).