estudios críticos de la cultura estéticas y políticas de la representación

Una conversación en México

Alberto Moreiras

24 de octubre, 2016

Hace unas semanas, en México, se dio una conversación sobre deconstrucción, infrapolítica y la universidad que, creo, merece ser notada y recordada. En el afán de no evidenciar a nadie, no atribuiré posicionamientos, aunque me encantaría que Emmanuel Biset, Eliza Mizrahi, Laura Piñeirúa, José Luis Barrios o Ángel Álvarez añadieran sus pensamientos a estos comentarios míos que expondré. También los demás que estaban presentes, claro. Sólo quiero dar indicios de la conversación –con algunas notas quizá crípticas, ya que por ahora es lo único que puedo hacer–, dado que los temas que brotaron en ella me parecieron particularmente cercanos; y ver si la discusión los lleva a algún lado.

Los temas giraron alrededor de los siguientes tópicos: sobre si la infrapolítica puede ser pensada, en alguna forma, como un despertar; sobre si la amistad tiene que ver con la necesidad de ir más allá de la universidad; sobre si la deconstrucción fue o es algo más que otro paradigma teórico dentro del mercado liberal de ideas, otra mercancía de fácil consumo, o si puede ser entendida, en algún sentido, como una alternativa al neoliberalismo o, aun, al capitalismo neoliberal; y sobre si la invocación de un giro existencial, o un pensamiento anclado en la producción de un estilo de vida es distinguible del individualismo moderno.

Mi reacción inmediata: sí, la infrapolítica puede ser pensada no sólo como un despertar, sino como un despertar traumático. Levinas habla directamente del despertar traumático en un contexto diferente, pero quizás la idea del acto de pensar como despertar traumático puede encontrarse, particularmente, en Nietzsche. El pensamiento como despertar traumático es post-hegeliano, necesariamente.

La amistad, si uno puede encontrarla, es el recurso necesario para intentar un éxodo, no de la universidad en sí, sino del discurso universitario. Pero es un tipo especial de amistad. No es amistad política, es otro tipo de amistad…

La deconstrucción, no necesariamente como la conocemos, sino en términos de potencia, que procede del trabajo de Derrida, no es “sólo otro paradigma teórico” cuya importancia, entonces, sería adecuadamente juzgada a partir de su valor de cambio. Muy al contrario, es la posibilidad –epocal– misma de dar fin a la mercantilización del pensamiento; desde luego, en la universidad, y en el discurso universitario.

Si la deconstrucción invoca la democracia como algo más que la democracia liberal, es porque piensa en la búsqueda del no-dominio por fuera del paradigma del principio de la equivalencia general. No sería, entonces, la voluntad de poder nietzscheana la última doctrina de la metafísica, sino el principio de la equivalencia general. La deconstrucción tiene el potencial para una política antineoliberal y anticapitalista en la medida en que se exceptúa de la equivalencia general como doctrina del ser. Del rechazo de la equivalencia general viene el llamado al existente singular. Éste no puede ser confundido con el individuo moderno. La ruptura con la equivalencia general es también una ruptura con cualquier doctrina del sujeto, de la cual deriva el “individualismo moderno”.

Hay un artículo de Walter Brogan que acabo de leer, “The Community of Those Who Are Going to Die.” Lee la División II de Ser y tiempo de Heidegger en el sentido específico de proponer un “estilo de vida” basado en la diferencia entre existencia y facticidad (sustancialmente, la existencia es la destrucción concreta de la faciticidad). Ello no reenvía a ninguna trascendencia, pero todavía menos reenvía a inmanencia alguna, puesto que la muerte rompe toda estructuración inmanente del mundo para el Da-sein. Me resultó útil la conexión que establece Brogan con Beiträge y la noción de soberanía expuesta allí. El hecho de que la soberanía sea el fundamento de la libertad (algo no ajeno al último Derrida, por cierto, y de otra forma a Bataille), en un contexto en el que la soberanía (la soberanía del existente singular) está siempre ya pensada contra todo concepto de dominación y contra todo concepto de equivalencia general, es efectivamente decisivo para infrapolítica. También insisto en la noción heideggeriana, sólo muy brevemente apuntada por Brogan, de la destrucción de la facticidad en el énfasis en la existencia. Para mí eso es lo que está en juego en la noción de “existente singular.” Y esa noción de una amistad “no-política” es la amistad soberana de la que depende la posibilidad misma de salirse del discurso universitario, y tantas otras cosas además. La amistad soberana es la posibilidad de una comunidad mortal de lo no-equivalente--¿cómo no asociar esto al arcanum de Política de la amistad de Derrida, o a la noción de Nancy de una democracia “nietzscheana”? Por eso también yo insistía en la reunión de México en que la infrapolítica no es sólo una forma de política, sino que guarda en sí necesariamente una des-politización radical–una posibilidad que yo llamaba “salvaje.” Brogan la vincula a esa soberanía no-equivalente, que funda por primera vez la posibilidad de una comunidad tanto mortal como atea: comunidad no-política. ¿Podemos entender la posibilidad de una comunidad no-política, de un común no-político? Hay que cambiar la oreja en relación con el pensamiento contemporáneo, que insiste excesivamente en la politización a priori de toda comunidad. Pero de esa des-politización específica con respecto de lo común sale toda política democrática, y de ninguna otra versión de comunidad.

Alberto Moreiras es un académico y teórico cultural español, actualmente adscrito a Texas A&M University. Previamente fue académico en las universidades de Duke y en el Centre for Modern Thought de la Universidad de Alberdeen. Entre sus publicaciones destacan los libros Tercer espacio, The Exhaustion of Difference y Línea de sombra.