estudios críticos de la cultura estéticas y políticas de la representación

El derecho a la idiotez. Trump, el individuo y el sistema

William Brinkman-Clark

3 de noviembre, 2016

El próximo martes se llevará a cabo la jornada electoral que decidirá quién será el próximo presidente de los Estados Unidos. A la fecha, se estima que –a pesar de los incontables escándalos, declaraciones reprobables y exhibiciones de posturas racistas, xenófobas, y misóginas– por lo menos unos 40 millones de estadounidenses votarán por Donald Trump.

Las respuestas que tratan de dar cuenta de este fenómeno no son escasas y, día con día, podemos leer algún nuevo ensayo o artículo de opinión que intenta explicarlo. Sin embargo, por más variadas que sean sus perspectivas, todas parecen transitar a lo largo de un mismo eje rector: la supuesta ignorancia del electorado que votará por Trump. El recurso no sólo me parece fácil e irresponsable, sino peligroso. Peligroso porque ignora por completo el desarrollo histórico de la voluntad popular a lo largo de los últimos treinta y tantos años [1]; pero aun más, peligroso porque es un recurso que utiliza una idealización muy particular tanto de la libertad como de la autonomía del sujeto para ocultar un sistema socioeconómico que se autoconserva y se fortalece a partir del enaltecimiento y el encausamiento de aquella ‘ignorancia’ que dicho sistema disimula repudiar como si fuese un enemigo que lo amenaza desde afuera.

El sistema al que hago alusión es, por supuesto, el Estado neoliberal. Si bien, en los últimos años, el uso del término ‘neoliberal’ se ha vuelto, desgraciadamente, en el recurso de moda cuando de encontrar chivos expiatorios se trata; cuando aquí habló del Estado neoliberal no hago referencia a un significante vacío, sino al proyecto ideológico y socioeconómico –cuyo fin es la restauración y consolidación de un sistema jerárquico de clase–, meticulosamente estructurado, que se sustenta primordialmente en el enaltecimiento de la individualidad neoliberal, que, a saber, no es más que la invitación al desborde esquizofrénico de la autonomía supuesta del individuo moderno [2].

Ahora, cuando de dar cuenta sobre los acontecimientos recientes se trata, el concepto neoliberal de individuo, así como el de la libertad que lo acompaña, no nos sirve de nada como idea, a menos de que creamos –como parecen hacerlo algunos republicanos y yunquistas– que, en efecto, la libertad y el yo existen como algo en-sí. Más bien, si lo que queremos es comprender las consecuencias que devienen del concepto neoliberal del individuo, tenemos que entenderlo sólo a partir de las prácticas a partir de las cuales éste ‘aparece’, esto es, los modos en los que el concepto se materializa y se hace visible; y entre el complejo entramado de conceptos y prácticas que configuran dicha ‘manifestación’ del individuo neoliberal, quizá en la figura del experto –cuidadosamente estudiada por Lyotard– y su relación con el individuo y la sociedad, podemos encontrar una pieza clave que nos ayude a entender el voto por Trump, no como un acontecimiento excepcional, sino como la iteración más reciente del modelo social imperante.

Para entender la relación entre el individuo y el experto en nuestros estados neoliberales, hay que remontarnos al surgimiento del concepto mismo de individuo durante la Ilustración. Para ser breve, el sueño ilustrado del individuo autónomo, que piensa por sí mismo, y que escapa a la tutela del dogma religioso, se basaba, fundamentalmente, en la publicidad y la comunicabilidad de su pensamiento. Es decir: el pensar por uno mismo sólo era pensamiento ‘válido’ en la medida en que era sujeto al escrutinio público ilustrado. Si bien el pensamiento propio, riguroso, que se enfrentaba a una lógica interna, era la máxima del pensamiento consistente, el verdadero paso que buscaba la Ilustración se daba cuando la sociedad se conformará por individuos capaces de pensar como si estuviesen en el lugar del otro. Esto es: el individuo ilustrado, en lo que al pensamiento se refiere, no sólo era quien se liberaba de la tutela del otro para poder pensar por sí mismo, era quien, además de pensar por sí mismo, era capaz de pensar en el lugar del otro; y por lo tanto, capaz de discutir y debatir en y sobre el ámbito de lo público.


En el Estado neoliberal, que, como lo postula Harvey, intenta extender y homogeneizar los valores del liberalismo y de la economía neoclásica a todos los aspectos de la vida, lo que se espera del individuo se vuelve radicalmente diferente de lo que se esperaba en la Ilustración. El individuo neoliberal debe pensar por sí mismo sólo en la medida en que dicho pensamiento sirva a sus intereses, esto es: todo individuo debe buscar volverse un experto en aquello que le interesa, un experto en sí mismo. El pensamiento de lo común, del ámbito de lo público, se delega entonces al experto de lo común, llámese estadista, político, o filántropo [3]. En efecto, lo que hemos presenciado a lo largo de las últimas décadas es cómo el neoliberalismo, al sustentarse en una hipérbole absurda del individuo ilustrado, deviene en un proyecto anti-ilustrado, en el cual la validez del pensamiento reside en simplemente en que proviene de un individuo que no tiene la responsabilidad de sujetar su pensamiento ante el tribunal de lo público, sino simplemente ante el tribunal de sí mismo, de sus propios intereses. El resultado visible ha sido la gradual anulación de la noción de ‘lo común’ en tanto renuncia de lo privado, dejando su lugar a la ilusión de ‘lo común’ en tanto mera suma de todos los intereses individuales. Si el sueño de la Ilustración era una sociedad en la cual todo individuo tenía el derecho a demandar las razones que sustentan mi interés, ahora sólo tenemos el derecho, libre y desembarazado, de tener cualquier interés, sin tener que rendir cuentas al otro. Pasamos del “pensar por ti mismo, liberado de la tutela del otro”, al “pensar en sí mismo, liberado de la tutela/demanda/restricciones de la sociedad”. En una sociedad en la que mi responsabilidad cívica es sólo el preocuparme por mis intereses privados, responsabilidad sustentada en una creencia casi hegemónica de que la suma de intereses privados tiende al bienestar general, ¿qué pasa con lo público, con el ámbito de lo común?

En su uso coloquial contemporáneo, la palabra idiota se utiliza de forma despectiva para quien es corto de entendimiento, un tonto. En el latín, sin embargo, la palabra refería, justamente, al ignorante, a aquel que carecía de educación; uso que, a su vez, derivaba del griego idiōtēs que, literalmente, puede ser traducido como ‘una persona privada’. Los escritos de Tucídides y de Heródoto, entre otros, nos recuerdan cómo en la Grecia clásica se despreciaba tanto al hombre privado, a aquel que no participaba en los asuntos públicos, que la palabra que se usaba para referirse a ellos, a los individuos, era en sí una injuria. El idiota no era diferente a una bestia: carecía de instrucción, de educación, de costumbres, y como un animal, sólo se preocupaba por su necesidad. La ideología que sustenta a nuestros Estados neoliberales dicta que quien debe dedicar su tiempo a los asuntos de lo público deben ser los expertos de lo público. Irracional es, me dice dicha ideología, que yo dedique parte de mi tiempo a otra cosa que mis intereses privados. ¡Sé un idiota!, nos dicen los expertos, para todo lo demás estamos los políticos, los estadistas, los filántropos, y los funcionarios. Pero ahora, ante el riesgo de la catástrofe de su sistema, décadas después de pregonar y vender las maravillas del Estado neoliberal, estos expertos de lo público, junto con la pseudo-intelligentsia que conforma los medios masivos de opinión, tienen el cinismo de voltearse ante el idiota y recriminarle su decisión: ¡Ignorantes!, dicen, pero lo que no entienden, lo que no entienden que no entienden, es que esa decisión, ese voto por Trump, al igual que ese voto por el Brexit, Peña Nieto, et. al., no es más que el último recurso de ese enorme sector del electorado para responder a las acusaciones cínicas de los expertos: ¡Fuiste tú!, dicen los idiotas; tú me dijiste que no era necesario pensar en los demás, en lo común. Tú me dijiste que “La sociedad no existe, sólo los individuos”, que de lo único que tenía que preocuparme era por mí mismo, que los expertos se encargarían de todo lo demás. Que yo podía hacer y ser lo que yo quisiera, que no debería preocuparme por el otro, ni por lo que el otro pensara y dijera de mi. En corto, tú fuiste el que me dijiste que no hacía falta pensar en los demás. Y ahora que mi idiotez te afecta, que pone en riesgo tu puesto, tu riqueza, tu sistema, tu mundo, ¿tienes el descaro de reclamarme y decir que es mi culpa?

La frase más efectiva de toda la campaña de Trump, misma que ha repetido ad nauseam, en cada debate y en cada rally es: “What do you have to lose?” [¿Qué tienen que perder?], su efectividad recae en que resume el sentir de ese gran electorado que creyó en los expertos de lo público, en los trickle down economics, y la supremacía de la competencia; y en que, años después, no tienen nada que mostrar a causa de ello. No tengo nada que perder porque si tu mundo me ha dejado sin empleo, no puedo volverlo a perder, si tu mundo me ha dejado en la extrema pobreza, no tengo qué perder. Me dicen que mi ignorancia hará que el mundo se desmorone, que lo que no sé es que las bolsas caerán y los consensos se desharán; pero en mi ignorancia, lo que sí sé es que si esto sucede, mi mundo seguirá igual, porque no sé cómo pueda tornarse peor. What do I have to lose?

¿Qué mi idiotez pone todo en riesgo? ¿Qué el mundo se va a acabar, otra vez, porque no sé cómo funciona el mundo, porque sólo veo telenovelas y reality shows, porque soy un ignorante que no lee y no me interesa saber cómo funciona el mundo, en realidad? Que cinismo culpar mi delirio como causa del probable fin del régimen de producción y consumo en el que vivo, cuando es justamente ese delirio el que lo mantiene vivo.
En el contexto actual de nuestras sociedades occidentales, la idiotez no es una falta, ni la pérdida de alguna facultad; es un derecho del hombre neoliberal. ¿Ahora resulta que nos sorprendemos cuando éste se defiende y se ejercita?


[1] Habría que pensar que no sólo es Trump; es Brexit, Peña Nieto, Duterte, Le Pen, y Berlusconi, es también Bush y –guardando toda proporción debida– Reagan; y son también los movimientos populistas, que también son tachados de movimientos de ignorantes, y que, como bien lo advierte José Luis Villacañas en su libro Populismo, debemos tratar de entender, y no sólo despreciar, si en verdad queremos construir la más mínima cosa pública.
[2] Los estudios serios sobre el neoliberalismo transitan desde las posturas histórico-filosóficas de Foucault y Deleuze; las perspectivas económicas expuestas por Galbraith, Krugman o Piketty; la perspectiva crítica de Adorno o Jameson; o, inclusive, a través del análisis geográfico-materialista de autores como Harvey y Soja.
[3] Y esto sólo a partir del supuesto, muy debatible, de que se puede aislarse el [des]interés ‘genuino’ de cuidar por los intereses de los demás.

William Brinkman-Clark es profesor de los departamentos de Historia y de Filosofía de la Universidad Iberoamericana. Su investigación se enfoca en las relaciones estético-políticas en el contexto del espacio público y en la epistemología historiográfica. Sus artículos académicos pueden ser encontrados aquí.