estudios críticos de la cultura estéticas y políticas de la representación

Sobre la crítica (notas mexicanas)

Emmanuel Biset

1. Sobre el sentido de la crítica


Tal como surgió desde la presentación del Coloquio, la noción de crítica supone una inflexión singular como modo de pensamiento con algunos rasgos. Primero, no se trata sólo de una recuperación desde la erudición académica (aun cuando la suponga), sino de pensar en términos de un análisis crítico de la cultura. Segundo, esto supone un cierto desplazamiento epistémico pensado como dislocación de la oposición sujeto-objeto y crítica del humanismo. Tercero, la cuestión es cómo producir esta crítica en América Latina, o si se quiere cuáles serían los rasgos que la singularizan respecto de otras «apropiaciones». Entiendo que si estos tres aspectos aparecieron desde la presentación, existieron ciertos desplazamientos a lo largo del Coloquio. Ante todo porque un análisis crítico de la cultura no puede desconocer sino modos de inscripción institucional específicos, es decir, de algún modo problematizar la universidad como lugar de enunciación de la crítica en este caso. Allí se juegan por lo menos dos cuestiones: el problema de la institución en general y el problema de la universidad en particular. Y en ambos casos la cuestión parece ser cómo dar lugar a la crítica en instituciones configuradas por una gubernamentalidad neoliberal (modas en el mercado de las ideas, carrera académica como auto-inversión de capital, etc.). Desde mi perspectiva, la cosa es cómo dar lugar a una doble intervención (siempre institucional): otra universidad y otra cosa que la universidad. En el primer caso, se trata de cómo en la misma universidad es posible desplazar esa racionalidad, dando lugar a un común no apropiable, rompiendo la lógica del empresario de sí mismo, no respondiendo a los tiempos de los «giros» que una y otra vez dan lugar a la última moda a discutir, etc. En el segundo caso, se trata de cómo crear espacios y tiempos, algo como una comunidad de pensamiento o una forma de la amistad filosófica extrañas a la universidad. Luego, como supo señalar José Luis, la incorporación de Heidegger como el cuarto pensador de la sospecha, abre la siguiente cuestión: si la crítica supone un desplazamiento epistémico o un desplazamiento ontológico (incluso se puede pensar esto en los términos de la crítica para el último Foucault como ontología de nosotros mismos). He allí una discusión posiblemente no saldada en el cruce entre la Escuela de Frankfurt y el pensamiento de Heidegger, y ciertas derivas desde el postestructuralismo a lo impolítico. Desde mi perspectiva esto supone dos preguntas centrales: por un lado, hasta qué punto las marcas de su emergencia histórica condicionan el concepto de crítica (o si se quiere, si no se puede reconducir a una gramática liberal fundada en la oposición entre autonomía de la razón y ejercicio del poder que supedita la crítica a una figura del «juicio»); por otro lado, a cómo pensar la crítica entre «lo trascendental» y «lo inmanente», con ello me refiero no sólo a la inflexión de la crítica entre Kant y Marx, sino a cómo pensar un sentido de la crítica entre la tradición inmanentista (Foucault-Deleuze) y la tradición trascendental (Heidegger-Derrida). Por último, el problema de la apropiación supone problematizar cierta pulsión de localismo (y sus derivas identitarias) y cierta pulsión universalizante. Posiblemente entre ambas posibilidades se juegue la posibilidad de una intervención ni localista ni universal.


2. Sobre el neoliberalismo como marca epocal


Parece que el término «neoliberalismo» es aquel que mejor sirve para diagnosticar la época. Sería importante confrontarlo con otras posibilidades como heliopolítica o razón imperial, o capitalismo a secas. Entiendo que se pueden situar tres tipos de cuestiones. Primero, de acordar con el uso de esta categoría como diagnóstico de época, si es que disponemos de una compresión rigurosa de lo que nombra el término. Parecen existir, por lo menos, dos formas de comprenderlo: como una serie de medidas macro-económicas (lo que en algún momento se llamó Consenso de Washington) o como proceso de subjetivación (desde el «empresario de sí» al «hombre endeudado» en la deriva de Foucault). Sin embargo, es posible preguntar: ¿tenemos una adecuada comprensión de cómo opera el neoliberalismo? Segundo, de cómo efectuar la crítica al neoliberalismo, donde quizá se pueda pensar la siguiente paradoja: tanto Marx como Foucault elaboraron su crítica en una lectura atenta de aquello a lo que se enfrentaban (de la economía política al ordoliberalismo o neoliberalismo americano), cuando las lecturas que hoy predominan en la teoría crítica parecen fundarse en la identificación afirmativa (de Derrida a Spivak, de Foucault a Agamben, de De Beauvoir a Butler, etc.). Tercero, la cuestión parece ser como reaccionar ante el «pasmo» o el «aturdimiento» que la época produce. Esto lleva a pensar cuál es el tipo de pasmo específico del neoliberalismo, uno de cuyos rasgos centrales es lo que Ilán denominó «condición electrónica». Ahora bien, parecieron esbozarse, por lo menos, dos formas de pensar la crítica: de un lado, aquella poco citada relativa a cierta tradición foucaultiano-deleuzeana articulada en torno a la biopolítica. No se trata de reunir de modo simple las apuestas de Foucault y Deleuze, aun cuando cierta tradición efectúa un ensamblaje (Foucault como el diagnóstico crítico y Deleuze como la respuesta afirmativa que aparece en buena parte de la tradición italiana). Parece, en este marco, que la crítica frente al neoliberalismo supone o una estrategia de resistencia (pensada desde las contra-conductas, el no ser gobernado de una manera específica, la reversibilidad de las relaciones de poder, todo esto desde Foucault) o una estrategia de fuga (pensada desde las líneas de fuga, desde la vida como potencia afirmativa, lo impersonal o el devenir animal, todo esto en Deleuze). De otro lado, aquella que apareció con más fuerza en el Coloquio, que remite a Derrida, donde una reinvención de la democracia o un pensamiento del existente singular se dirigen a suspender la equivalencia general del capital. La deconstrucción como un despertar traumático que rompe el equivalente desde un existente singular en palabras de Alberto. O quizá, en términos de José Luis, apostar por una lógica del no-todo lacaniana antes que la alteridad o la singularidad.


3. Sobre las potencias políticas de la crítica


Uno de los términos que apareció en diversos momentos fue el de topología, específicamente Eliza planteo la necesidad de pensar una topología de la crítica. Si bien sin acuerdo con una topología general, de un modo u otro esto parece remitir a la posibilidad de dislocar un esquema de la representación (dar voz como representar a quienes no pueden hacerlo, o dejar hablar como la pura presencia de la voz silenciada). Dos cuestiones: surgió en diversas oportunidades la sustracción, a veces la suspensión, como figura de pensamiento no representativa; al mismo tiempo la necesidad de pensar cómo escribir la historicidad (acentuando el problema de los modos de escritura y el paso de la historia a la historicidad, como señaló Ricardo). Ahora bien, la politicidad de la crítica reconduce a la misma equivocidad del término «política». Parecen existir diversas posibilidades: una política de intervención estatal contra el ajuste neoliberal, una política de la resistencia asentada en movimientos sociales autonomistas, una política menor o la infrapolítica como un tipo de impolítica que busca desactivar la heliopolítica (como destacó Ángel), una desmetaforización que piensa un lugar de lo radicalmente no-politizable, un lugar que siempre trabaja sobre los límites para dislocarlos al decir de Eliza, etc. En este sentido, me gustaría pensar en términos de «estrategias». O mejor preguntar: ¿la crítica es siempre estratégica? Me interesa pensar al respecto el lugar de una crítica que no asume un significado de política dado, sino en términos de politización-despolitización. Y esto, agregaría, en dos sentidos: como pliegue inmanente a la institucionalidad o incluso a la misma soberanía y como un pensamiento de la forma, no acentuando tanto la singularidad, sino la forma como aquella materialidad que da lugar, en la configuración de tiempos y espacios, a una u otra singularidad. He ahí, nuevamente, una topología.

Emmanuel Biset es Investigador del CONICET y Profesor de la Universidad Nacional de Córdoba (Argentina). Ha publicado los libros: Violencia, justicia y política. Una lectura de Jacques Derrida (2012) y El signo y la hiedra. Escritos sobre Jacques Derrida (2013). Miembro del Comité Editor de NOMBRES. Revista de filosofía. Director de «Programa de Estudios en Teoría Política» del CIECS (CONICET y UNC).