estudios críticos de la cultura estéticas y políticas de la representación

Aforismos sobre la época y el espíritu
(Centón)

Gibrán Larrauri Olguín

9 de enero, 2017

I

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Here comes the flood.
Fuck Everybody And Run.
FEAR.
Cuando esté pasando: It’ll be those who gave their island to survive…
En estas sentencias musicales y británicas se puede compendiar el estado y la deriva del espíritu en nuestros días.


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Pues el espíritu ha estado, en el nivel histórico concreto, sumergido en “una ley de la vida diaria” que es “ley de mendicidad y de asfixia”. Hoy esta ley se ha elastizado de manera inédita. Al menos es así para mi generación. Mendicidad que en grupo se transforma en “miseria psicológica de las masas”. Masas llamadas a ser conducidas de manera igualmente miserable. No piden otra cosa.


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Nuestro mundo y nuestro tiempo son aquellos de la instalación -parece que terminal- de un frío diferente en nuestra sensibilidad. De origen y en el extremo, esta catástrofe que se pasea por las calles, toma el autobús y se sienta a esperar la carta es: “existencial, afectiva, metafísica”.


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Que sea metafísica, en mi lenguaje, quiere decir que antes de cualquier identidad y estabilidad, política o bancaria (sin demeritar su importancia material), lo que está amenazado de muerte –ya los cañones amplían su rango- es el espíritu, espíritu que habita todavía en muchos. Existe a quien ya se lo mataron, quien se lo dejó morir. De manera que si ubico por encima al espíritu de las otras esferas es en tanto éstas son animadas por aquel.


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Esa asfixia del espíritu es llamada por la miserable conducción a transformarse en nacionalismo y en racismo. Nuestra estética, sobre todo a partir de los resultados del 8 de noviembre, se va revistiendo paulatinamente en retorno del “sarape al hombro y franja tricolor al pecho”. El nacionalismo y el racismo como formas buscadas por la dominación transfronteriza para hacerse imperceptible. Y lo logra. De ida y vuelta.


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Hay quien ya cayó en el ridículo de recomendar tomar desde ahora chocolate “Ibarra” en lugar del “Abuelita”, pues este último es gringo; el primero, parece decirse, de gente “nuestra”, pues son mexicanos. Esta recomendación está ordenada por la misma lógica que lleva a decir que todos los mexicanos son “delincuentes”, “violadores”, etc. Se trata de la lógica de ubicar un culpable del deterioro espiritual, desconociendo que eso más que un agente, es un discurso, el de la plus-valía.


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Habrá que entender entonces que la lucha que se perfila no es tanto de una nación contra otra, sino, en esencia, de un grupo de hombres que ha logrado organizarse (no sin muerte) más allá de sus rasgos y tradiciones, para nutrir el funcionamiento estructural del capitalismo en razón de lo cual explota libidinal y monetariamente a una inmensa mayoría, también de hombres, pero desorganizados precisamente por efecto de su dominación arrítmica libidinal. La dominación si bien se camuflajea en nacionalismo y racismo, es mundial. Esta es la verdadera guerra mundial en tanto es en esencia una guerra espiritual. Hay aliados y enemigos en todo el globo.


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Es necesario insistir: “No sólo la guerra no es reductible al enfrentamiento armado ni a la carnicería, sino que ella es la matriz misma de la política”. De manera que: “La guerra no es la carnicería, sino la lógica que preside al contacto de potencias heterogéneas”. Esta guerra confronta, entonces, a aquellos que movidos están por aniquilar la manifestación del espíritu en los cuerpos de las masas como condición de su propia permanencia, y aquellos, justamente, a los que se les quiere aplicar tal sentencia.


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“Es la guerra entre la inconsciencia creadora y la consciencia destructora”. En otros términos, la amenaza del espíritu es amenaza de todos los inconscientes, pues es a través de ellos que el espíritu se comunica y nos comunica. La amenaza, que ya más bien es empresa, tienes tres grandes estrategias: soledad, adaptación y crisis.



II

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“Hemos llegado ya al momento crítico de nuestra generación: la soledad”. La desorganización de los dominados, gringos, mexicanos, chinos, argentinos, de todas partes, se traduce, en su mayoría, en soledad. Dejar en soledad es, pues, una estrategia y signo de la desespiritualización.


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Evidentemente, no se trata más de esa soledad fecunda, del renacimiento, sino de la soledad llana y aburrida, estéril, de esa que “no retrocede ni avanza”, con olor a clausura. Las ciudades se convierten por sumatoria en ciudades de “Robinsones, hoscos y amargados, violentos y egoístas, entre los cuales me encuentro yo mismo”.


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Para los privilegiados, y aquí privilegiado significa que todavía no es desplazado de la fluidez del consumo (se trata pues de un grupo de la masa para el cual la ciudad se reduce a tres barrios) hay suministro de afirmación. “La aceptación de la vida”, o bien “adaptarse”, aunque sea a regaña dientes, a esa que se nos obliga a vivir, es una placentera salida del embrollo para una minoría cada vez más contabilizable.


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Privilegiados, hoy en día, son aquellos que son llamados a solidificar su personalidad, a volverla prestigiosa sobre todo mediante el rango elevado de sus consumos. Ese privilegio, que en el fondo quiere decir que no se será de los primeros en morir (tal vez no se muera) es ascenso de la “yocracia”. Ante la ruptura de la comunión con el otro queda el egogregarismo sofisticado, chic y glamm. “Veganización” de la vida y contigüidades como modalidades soft de la segregación de lo que puede matar. Denegación de la muerte.


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Como es de colegirse, la otra faz de la solidificación del yo por la vía del estatus del consumo, es la emergencia de la enemistad ante la formas de la otredad. Esta es la modalidad “dura” que se resuelve en racismo y exterminio, consumo de la vida otra.


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Entonces soledad o acompañamiento del prestigio de mi yo. Los desorganizados se dividen mayoritariamente entre estos dos bandos: los que parecen ya no tienen ninguna esperanza y a los que les queda la posibilidad de hacer “great” su imagen. Si te viene bien, hazlo. Pero al final Narciso se ahogó en sí mismo.


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Para abandonados y personalizados, por igual, hay crisis. La crisis es lo más democrático en nuestros días. De hecho, poner en crisis es la mejor forma de sostén del gobierno de la desespiritualización.


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“La profusión cotidiana de informaciones, para unos alarmantes y para otros simplemente escandalosas, modela nuestra aprehensión de un mundo globalmente ininteligible. Su aspecto caótico es la niebla de la guerra tras la cual ésta se hace inatacable”. La crisis no es un defecto del llamado “sistema” es la vía más eficaz para el sometimiento del espíritu. “La gestión de crisis como técnica de gobierno”.


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Y qué es la crisis sino terror de morir. Por ello, puede decirse que el espíritu muere porque tenemos miedo de morir. Pero: “¡Si yo hubiera sabido hace diez años que la muerte no es otra cosa que el miedo que le tenemos!”…


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Si la experiencia del espíritu podrá permanecer no será sin el abandono del miedo a morir, aquí y ahora. Si el solitario y el narciso se aferran a su estado es porque son incapaces de morir, lo cual nunca será lo mismo a desear morir o desear la muerte del otro.


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Así, no ser un adaptado ni un abandonado es dimensionarse como alguien que puede morir. “Los inadaptados son los motores”. Ser subversivo ante la dominación en esta época, como en todas, es despojarse del miedo a la muerte. Ese despojo impulsa a desaparecerse y a devenir pater.



III

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Antes que ser desaparecido habría que agotar las posibilidades para desaparecerse. Desaparecerse es aquí crítica de la identidad, es pérdida de un estatuto fijo. Migrar la condición del espíritu de la soledad y el egoísmo hacia una mística laica, esta tendría que ser la estrategia de guerra de los desorganizados.


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El misticismo activo es forma desquiciante del poder en tanto “incita a arrojarse a la calle por el balcón, a unirse a la gran caravana de los desaparecidos”. “Perderse para encontrarse”, dejar las “bibliográficas pantuflas” y las numerables comodidades.


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La crítica de la identidad de la que puede surgir el misticismo activo es “rebeldía espiritual”, “inquietud de aparición”, mejor: de reaparición. En efecto: “la rebeldía espiritual, único remedio que nos queda, es, pues, un remedio desesperado” que no es sin atravesar el umbral de la amenaza de muerte, de la pérdida de todo tipo de seguridades. “Hay que salvar el espíritu; negarse heroicamente a pensar el mundo como la política nos lo propone”.


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Esa negación sobra decir que es forma radical del amor. Si es verdad que el odio y el amor son gemelos, hoy que el odio reina, tal vez el amor pueda renacer. Pero para ello, como adelantaba, tenemos que ser padres.


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“¡Cómo debe ampliar el espíritu el concebir las obligaciones (y también las satisfacciones) que trae consigo la dignidad de padre: fundador y continuador!”. Por supuesto, más que devenir padre de un humano (que también), de lo que se trata es de ser padre de su propio espíritu. Ser fundador y continuador de su propia experiencia espiritual desde la cual la sacralidad del otro podría reaparecer y potenciar que reaparezca en uno mismo.


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El amenazado “para avanzar, necesita ser padre”, pero: “la paternidad asusta porque sus responsabilidades son eternas”. De manera que entre el miedo a morir y ser padre se juega la misma cuestión: hacerse cargo de la manifestación del espíritu que quiere perseverar a través de nosotros y con nosotros. Ante eso estamos.


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“El instante actual del mundo, con todo y lo descarnado de la lucha, parece ser un instante subjetivo”. ¿Qué es ese “instante subjetivo” al que alude el poeta? Nunca ha sido nada más que la brecha por la que puede surgir el espíritu que nos parió y que nos llama al parteo.


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“Y ahora cabe esperar que el otro de los dos ‘poderes celestiales’, el Eros eterno, haga un esfuerzo para afianzarse en lucha contra su enemigo igualmente inmortal. ¿Pero quién puede prever el desenlace?”. “¿Quién enmendará la plana de la fecundidad?”


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“Pero mi hijo negativo lleva tiempo de existir. Existe en la gloria trascendental de que ni sus hombros ni su frente se agobien con las pesas del horror, de la santidad, de la belleza, del asco. Aunque es inferior a los vertebrados, en cuanto carece de la dignidad del sufrimiento, vive dentro del mío como el ángel absoluto, prójimo de la especie humana. Hecho de rectitud, de angustia, de intransigencia, de furor de gozar y de abnegación, el hijo que no he tenido es mi verdadera obra maestra.”

Gibrán Larrauri Olguín es Psicoanalista y doctor en Filosofía en la UIA Ciudad de México. Autor de los libros Bataille y el psicoanálisis. Freud, Lacan y la heterología y Negatividades de lo escópico. Mirada, subjetividad, poder. Actualmente es docente de los Departamentos de Filosofía y de Comunicación de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México y profesor invitado de la Universidad de la Cuenca del Plata, Argentina.