estudios críticos de la cultura estéticas y políticas de la representación

La Constitución Mexicana de 1917: ¿melancolía o desesperanza?

Joseba Buj

22 de febrero, 2017

El 5 de febrero de 2017 la Constitución Mexicana cumplió cien años. En este escrito, quisiese indagar en los intersticios que se abren por entre las recepciones de este documento. Básicamente, por entre las ópticas (distintas) que propiciaban el paradigma jurídico del momento de su irrupción en la historia y el de su ulterior relectura desde lo que aquí llamaré, de manera en extremo simplificante, “ciencia jurídica moderna”. Acaso al construir, desde este ejercicio interpretativo, la distancia histórica que media entre las perspectivas aludidas, podamos liberar una línea exegética centrífuga (que dé cuenta de ciertas tensiones entre fuerzas políticas e históricas, de la insurgencia de ciertas demandas, del agostamiento y la represión de ciertos proyectos), decididamente enemiga de las glosas inmanentes y centrípetas del documento. Podamos denunciar la operación que trae aparejada este último género de lecturas: disfrazar, desde una perversión consciente y culpable, la confección de una atemporalidad “sincronizante”, resuelta en una alianza con fuerzas que despliegan el control -vez con vez más agresivo- de los cuerpos en el espacio, que garantizan la praxis reproductiva y el expolio de la riqueza material de los territorios. Podamos problematizar, finalmente, la complejidad superlativa de la historicidad inscrita en el propio documento en cuanto objeto: historicidad que se debate, en función de sus múltiples aporías, entre la retrospección melancólica y el vertiginoso progreso.

Comienzo, echando mano de la lectura actual. La Constitución es una norma jurídica fundamental. La institucionalización normativa del Estado. Es decir: la Constitución es el Estado, su plasmación jurídica. Esta lectura, oriunda de la “ciencia jurídica moderna”, establece una reducción a identidad. En virtud de su violencia reductiva, se define un dogma y la forma garante en la que éste se presenta. En virtud de su violencia reductiva, se sustrae el dogma -y su inherente articulación formal- de la consistencia histórica y política que le es consustancial: ora como instancia histórico/material en la que se inscribe la norma, ora como instancia histórico/material con la que continuamente debería debatir en cuanto norma (y desde la cual constantemente se la debería enjuiciar).

En esta maniobra sustractiva se oculta una fiebre de dominio. La sustracción auspicia el sojuzgamiento del afuera del que, precisamente, se sustrae. Reduce la historia a una identidad con su adentro sustraido, esto es, a una identidad con el dogma.

La lectura de la “ciencia jurídica moderna”, cuyo arraigo se instrumenta en el imaginario mexicano -en épocas posrevolucionarias- desde los sosegados pasillos de la pax universitaria (siempre en contubernio con las intrigas intestinas de la esfera del poder), remite a la conturbada Austria de entreguerras, a los atarantados años alemanes de la República de Weimar. Posee como operación discursivo/interpretativa príncipe un desplazamiento hipalagético de los rastros teológico/políticos, troquelados en la disciplina jurídica; desplazamiento que encuentra su culmen semántico en la tropología secularizada de la modernidad. El cometido toral –de la operación aludida- radica en estructurar un mecanismo de control inmanente (de los cuerpos en el espacio) apuntalado en la objetivación de una trascendencia cuya huella teleológica y escatológica se borra de modo para nada inocente.

Esta operación, en términos de ese derecho constitucional contemplado a la luz de la referida “ciencia jurídica moderna”, corona, bien en una hipóstasis clausurada de la maquinaria jurídica que negocia con –e incorpora, y reduce a identidad- su afuera histórico través de un intrincado recoveco del sistema: la revisión judicial/constitucional (la prevista -y mermada y edulcorada- entrada del “soberano popular” en la escena dogmática, etérea); bien en un “dualismo atemperado” que, reconociendo en mayor medida el sedimento inscrito en la borradura de sus huellas, propicia el kairós del soberano (la intervención del katechon, de aquel que aguanta, que evita el advenimiento de ese Anticristo secularizado que es el caos, el infierno tan temido que provoca el desorden de los cuerpos en el espacio), mediante una supresión del instante normativo previsto en la propia norma (o sea, instrumentando un oxímoron que reduce el supuesto dualismo a identidad semántica), en el unimismo despliegue orgánico del dogma: el estado de excepción.

Ambas vertientes exegéticas participan de un ocultamiento, a través de complejas mediaciones, del vínculo de la norma jurídica fundamental con su afuera y la reducción a verdad dogmático/positiva inamovible, sincrónica, atemporal de esta relación. Escamoteo temporal que –ya lo he apuntado-, contradictoria y culpablemente, ordena un violento tiempo de debelación histórico/política.

Para robustecer la implantación de su absolutista potencia interpretativa, la “ciencia jurídica moderna” perpetra una cáfila de descontextualizaciones sobre “manifestaciones históricas constitucionales”; manifestaciones a las que actualiza y resignifica en su totalizante producción de sentido. Para comprender esta acción, hay que acudir al Ciclo Atlántico de las Revoluciones. [1] De la Revolución Estadounidense, extrapola el concepto de norma jurídica fundamental. Trueca, pues, en iuspositivismo una advocación histórico/jurídica del constitucionalismo nítidamente iusnaturalista, surcada por evidentes comandos teológicos (trascendentes) que se remontaban a la puritana Revolución Inglesa y a la afirmación de la conciencia religiosa individual que trajo consigo la Reforma Protestante. El iusnaturalismo es, así, relegado, o más bien, transfigurado en positividad secularizante: una trascendencia que coarta, de manera inmanente, la vida. Contra los (píos) adalides a ultranza de un iusnaturalismo redivivo, habrá que alegar que el iusnaturalismo post/Núremberg no es sino un iusnaturalismo filtrado por el iuspositivismo, o lo que es lo mismo, un iusnaturalismo iuspositivizado. [2]

Con esta acción tiene lugar, a su vez, otra descontextualización a través de la cual se actualiza una elisión: la de la insurgencia de la demanda -de una inmanencia feral- de nuevas subjetividades que reclaman su estatuto político. Hago alusión, con lo antecedente, a “manifestaciones constitucionales” que rendían pleitesía al reclamo de ciertas fuerzas noveles en el contexto político. O en las que la gravidez de este reclamo (a diferencia de en otras) era tan manifiesta que prevalecía en razón de su calidad perentoria. La ringla de “advocaciones constitucionales” del proceso revolucionario francés da noticia de documentos jurídicos que respondían, más bien (aun cuando exhibían clara impronta del abstruso iusnaturalismo inherente al dogma liberal), al carácter móvil, en perpetua tensión con emergencias subjetivas bisoñas, imperfecto y caduco de la historia, que a la sutura perenne en la abstracción institucional. En virtud de esta elisión, una constitución como la Soviética de 1918, que describía una emergencia subjetiva en la arena de lo político y la consolidación de esa emergencia en un tiempo presente que irrumpe como porvenir, que es y no es, entonces, el tiempo en el que se consigna el documento (poseía un descolocado carácter programático: el porvenir revoluciona la inmanencia presente), no sería considerada, a ojos de la “ciencia jurídica moderna”, una verdadera constitución. La Constitución de los Soviets (contumaz frente al progreso vertiginoso de los dogmáticos que, en razón de su abstracción trascendente, transforma y somete arteramente la inmanencia material) restituye un hilván inmanente con la realidad a transformar: el tiempo justo del futuro, como en la filosofía emancipatoria de Bloch, quiere traerse…, es en el tiempo irrumpiente, revolucionado, trastocado del presente; un presente nuevo, no asido al progreso vertiginoso de las abstracciones que aherrojan.

La Constitución Carrancista de 1917 contiene evidentes rasgos de dogmatismo liberal (una de las lecturas posibles en el instante de su consigna emana de aquí). Esto la convierte en objeto de aprehensión por parte de la “ciencia jurídica moderna”, y sus progresos vertiginosos, tergiversados por mediaciones abstractas, y su violencia positiva que coacciona la vida. Empero, una lectura meticulosa puede detectar en ella una singularidad que, paradójicamente, abre líneas de fuga para con la patente aprehensión de que ha sido objeto.

La proclividad a ser aprehendida se constata en la fijación de un dogma al que apela y que pretende restaurar en la historia: el orden constitucional de 1857. No obstante, veamos esto con cuidado. No es que, en virtud de la apelación, sólo participe de las contradicciones de todas las constituciones liberales –lo que las vuelve tan domeñables para las estrategias positivizantes de la “ciencia jurídica moderna”, al incluir un dogma y un despliegue orgánico de éste que, de forma oximorónica, prevea su reforma (¿si es abstracto y atemporal, por qué la necesidad de actualizaciones normativas históricas?: nótese una aporía que nos platica de una iterable voluntad de dominio), sino que esta apelación (roborada por el precedente, legitimista en términos constitucionales, del Plan de Guadalupe), a su vez, deviene síntoma histórico/político de una insurgencia subjetiva: el imperativo de reconfigurar, y no simplemente restaurar, el “orden constitucional del 57” (de este síntoma emanaría otra de las lecturas posibles en el momento de su consigna). El sujeto constituyente, asentado en el dogma liberal, es interpelado por la vindicación de una emergencia subjetiva que debate con dicho dogma: el reclamo de regular con justicia el trabajo (visítense, verbigracia, el artículo 5 y el 123: mediante estos artículos incursiona la voz vesánica de los obreros –que anuncia, que quiere traer al presente, la de los preteridos campesinos del sur, la de la preterida descendencia de las colonias militares norteñas-).

Si el tiempo inscrito en buena parte de la Constitución es el del dogma liberal (el atroz artículo 136 prohíbe expresamente la rebelión contra el “orden constitucional”, esto es, el tiempo constitucional no es el de la revolución perturbadora sino un tiempo incardinado en una dogmática y abstracta línea legitimista), el tiempo del síntoma inserto en la Constitución es el de la inmanencia demandante de los sans/culottes, el tiempo programático/revolucionario de los consejos que comandaron la gesta rusa. Hoy, con la norma rendida a las interpretaciones de la “ciencia jurídica moderna”, sólo puedo pensar el tiempo del síntoma como un dispositivo melancólico: estatua de sal empecinada en la contemplación de una alternativa a la injusticia de la época que nos ha tocado vivir; época donde las verdades positivas y los progresos vertiginosos han abierto el camino para la perpetuación de la praxis reproductiva, el saqueo material y una sevicia inaudita contra los cuerpos que no importan (migraciones, asesinatos, represiones). La violencia positiva de la “ciencia jurídica moderna” se las ha ingeniado, sin embargo, para reconducir el tiempo del síntoma en el precipitado progreso de su dogma, con la argucia de las Generaciones de los Derechos Humanos y la gran efeméride que la Constitución Mexicana supuso a ojos de este iusnaturalismo positivizado (violentando en una secuencia, lo que han sido históricamente manifestaciones de un déficit, interrupciones a esa secuencia). No resta, tan siquiera, el recurso de la melancolía.


[1] Que atraviesa la Revolución Inglesa, la Revolución Norteamericana, la Revolución Francesa y las Revoluciones de la América Española.
[2] El rastro teológico del iusnaturalismo incluso en el dogma liberal convierte este dogma en una instancia particularmente dúctil a la aprehensión perpetrada por la “ciencia jurídica moderna”; es por motivo del iusnaturalismo y su deliquio teológico que la emergencia histórico/político/subjetiva de estas revoluciones se escamotea al transfigurarse en positividad: apeados de la “Historia” quedan levellers y diggers, los Sons of Liberty y la turbamulta –ahíta de vesania racial– de Hidalgo.

Joseba Buj, académico aclimatado en México desde el cambio de siglo, es profesor de tiempo completo del Departamento de Letras de la Universidad Iberoamericana. Su investigación se centra en estructurar una crítica, de origen marxista, a la cultura moderna. Trabajó en el cuerpo de investigadores que asesoró la curaduría y la museografía de la exposición “Constitución Mexicana 1917-2017. Imágenes y voces”, que se exhibe en el Palacio Nacional.