estudios críticos de la cultura estéticas y políticas de la representación

Cosmética de las inteligencias. El filósofo mexicano y la vida pública

Ángel Octavio Álvarez Solís

17 de abril, 2017

Hace poco, en el diario La Nación de Argentina, Tamara Tenembaum publicó una columna titulada “Mentes brillantes. Los filósofos que reinventan el rol del intelectual público”. En la nota periodística, con la precisión estilística que la caracteriza, Tamara se preguntó sobre la relación entre la filosofía como discurso universitario y la vida pública. Ella concluye que la filosofía en los asuntos públicos “invita a pensar la época con ideas incómodas, provocadoras y aptas para legos” siempre y cuando sea escrita en un lenguaje crítico pero comprensible para ese misterium tremens conocido como “el gran público”. Ya sea en los canales tradicionales de comunicación como los libros o la prensa, o en sus variantes contemporáneas como las redes sociales y los blogs, los filósofos comienzan a tener cada vez más lugares de exposición como portadores del pensamiento crítico. El problema comienza porque la filosofía, a diferencia de las ciencias sociales o el análisis periodístico, no tiene la respuesta última a los problemas que aquejan la vida pública. Por el contrario, el oficio propio de la filosofía consiste en modificar las preguntas, en aprender a responder sin dogmatismos o en saber escandalizar para que los policías del conocimiento pasen una mala tarde. La filosofía es así esa vieja tradición, necedad o pulsión, de volver a las preguntas originarias para desnaturalizar nuestras creencias atrapadas por el sentido común. En tal caso, lo que Tamara Tenembaum encuentra es que, en la actualidad, el amasiato entre la filosofía y la vida pública comienza a tener tintes de matrimonio: Zizek como el Sartre del siglo XXI, Cornel West y su adaptación al espíritu pop de la época, o incluso filósofos hipertécnicos como Susan Wolf o Jason Stanley que han logrado elaborar libros de filosofía para responder a las preguntas de nuestro tiempo, sin demeritar el fino trabajo de los conceptos ni reducir la divulgación filosofía a un remedo de periodismo teórico. En la sección final de su columna, Tamara muestra cómo esta tendencia mundial ya ocurrió en la Argentina, sobre todo a partir de la crisis del 2008 y de la canonización de Ernesto Laclau como el filósofo del Estado en plena consagración de los kirchnerismo.

Como sospecharán, la pregunta de Tamara me interpeló al más viejo estilo althusseriano: ¿cuál es la relación de la escritura filosófica y la vida pública en México? ¿A qué se debe la ausencia de los filósofos mexicanos en la esfera pública? ¿Será acaso que nos rehusamos a participar, o no nos invitan los medios o no sabemos cómo hacerlo? ¿El literato y el científico social siguen disfrutando de las viandas de la república literaria? Mi sospecha –conjetura para los filósofos más delicados- es que en la esfera pública existe un doble prejuicio: los filósofos consideran que “divulgar” la filosofía es una forma de reducir el pensamiento crítico a la forma idiosincrática del periodismo y los administradores de los medios asumen que la filosofía es una disciplina muerta que sólo puede traer confusiones o un exceso de aburrimiento debido a su grado de especialización. Escuelas del resentimiento contra escuelas del patrimonio. El miedo a la teoría disfrazada de prejuicio de clase. La verdad es que, en México, existen algunas excepciones recientes a la exclusión de la filosofía en la vida pública: Jesús Rodríguez Zepeda y su refinada mediación entre la filosofía política y las políticas públicas mexicanas; Guillermo Hurtado y Valeria López Vela con sus columnas recurrentes en La Razón, columnas en las que ocasionalmente aparecen argumentaciones filosóficas; las intervenciones esporádicas de Enrique Dussel en La Jornada para dar voz filosófica a los subalternos del momento o el aristotelismo empresarial de Héctor Zagal en los asuntos de la vida política y la escena cultural mexicanas. Pero no toda excepción confirma la regla. Quizá lo que conviene preguntar es si la escritura de estos filósofos en los medios --algunos muy amigos míos-- no aspiran a la anquilosada figura del intelectual público mexicano: periodismo con ideas, coyuntura conceptual y, en el mejor de los casos, un ensayismo mínimo. ¿No existirá un prejuicio aún más enquistado, que los lectores mexicanos no están capacitados para recibir argumentaciones filosóficas profundas o contrastaciones analíticas elevadas? Este supuesto, que no dudo sea suelo común de un editor en jefe o en un director de medios, quizá sea reproducido inconscientemente por los filósofos mexicanos incorporados a la escena pública. No lo sé: es sólo una sospecha.

Ya hace algunos años, Mauricio Tenorio Trillo, una paradoja viva pues es un intelectual público muy crítico con esta figura, estableció una hipótesis acerca de esta especie en extinción: el intelectual público mexicano ha sido sustituido por la figura del académico público. El académico público puede ser dividido en tres: (1) el Dr(a). Ote, (2) el Dr(a). Ito y (3) el Dr(a). Ante. El primero es un scholar doctorado en Harvard o Princeton que gusta de las consultorías al gobierno. El segundo, un profesor de universidad pública que mantiene columnas regulares en Nexos y anexos. El tercero adviene en consejero electoral formado por los lacustres Think Tanks mexicanos [1]. En efecto, en un país donde la crítica no ha permitido el sano parricidio –Octavio Paz sigue siendo el modelo a emular para el oficio del carismático de la relación entre la inteligencia y el poder--, el académico público viene a fragmentar, a federar el principio de la exposición pública: el experto puede hablar de su especialidad y, a su vez, de todo lo que le pregunten acerca de la res publica. Y este no es un espacio propicio para la filosofía académica. Una nueva paradoja emerge: para ingresar a la escena pública el filósofo debe abandonar su lenguaje especializado y adoptar un lenguaje dirigido al gran público, pero para ser convocado por los medios, debe ser lo suficientemente especializado en un tema y, a su vez, mantener una mirada cartográfica hacia el conjunto. Un perfil que la filosofía académica per se no puede ofrecer por razones que no pueden exponerse aquí. De manera que el filósofo que desea formar parte de este prestigioso círculo de interventores de la vida nacional tiene varias opciones: convertirse en un académico público reconocido en su especialidad, devenir en un ensayista al viejo estilo de la ciudad letrada, emular las figuras carismáticas del mainstream global como Slavoj Zizek o, lo que ha funcionado por mucho tiempo, devenir en un intelectual orgánico a contrapelo oficial del Estado como el mexicanista prista, el transitólogo panista, el republicano perredista y, recientemente, el populista holgado de Morena. En fin, el filósofo público mexicano es una invención por venir.

Finalmente, estas acotaciones sociológicas --si es que tienen pertinencia alguna-- sólo valen para la escritura pública, para el oficio de la prensa impresa o digital, porque para ingresar al más alto lugar de la esfera pública mexicana, la televisión, se requiere de una condición mayor: la belleza. Efectivamente, la apariencia física y el don de gentes son la condición sine qua non para poder tener a las cámara frente al cuerpo. Sin capital erótico no es posible desplegar adecuadamente el capital cultural, de manera que los filósofos que aspiren a formar parte constitutiva de la escena televisiva mexicana deben asumir las condiciones trascendentales de la blanquitud: belleza física, carisma reflexivo, delgadez convincente, lenguaje corporal estilizado, control de los registros semánticos de clase y, más importante aún, la apariencia clásica del filósofo desenfadado que no está peleado con la moda: un suéter en color pastel, una blusa de color claro con botones dorados, unos jeans con zapatos Camper, un vestido de primavera Carolina Herrera, pero nunca de los nunca -eso queda prohibido- un traje gris Oxford con corbata azul de Stefano Ricci, pues eso no es propio de filósofos críticos del poder y baluartes de la inteligencia.

[1] Tenorio Trillo, Mauricio (2009). “Académicos públicos en el México bicentenario. Las enseñanzas de Juan de Mairena” en Política y Gobierno, Volumen XVL, ·número 1, II semestre, pp. 429-449.

Ángel Octavio Álvarez Solís es el coordinador del Posgrado en Filosofía y profesor de tiempo completo en el Departamento de Filosofía de la Universidad Iberoamericana. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores, Nivel I.