estudios críticos de la cultura estéticas y políticas de la representación

El subconsciente en el muro

Arturo Ortiz

8 de mayo, 2017

Me queda una impresión ambigua ante el fenómeno mediático del muro fronterizo que propone realizar el presidente de Estados Unidos Donald Trump, por un lado percibo una gran indignación de mis connacionales, pero por otro, el despliegue de una profunda hipocresía en muchos otros que, a mi parecer, estarían perfectamente de acuerdo con todo lo que el republicano dice sobre México, y en particular en relación con el muro, si en lugar de referirse a la nación mexicana, se refiriera a Guatemala, el Salvador, Honduras, Venezuela o Cuba.

Probablemente uno de los temas que más ha enfatizado el presidente norteamericano y que más ofensa ha causado en México es la construcción del famoso muro en medio del desierto que al parecer pagaremos de este lado de la frontera. Si bien entiendo que hiere susceptibilidades y probablemente el presupuesto hacendario, no me queda claro qué es lo que ofende. Desde luego que separar ambos países con un gran muro es una estupidez mayúscula, no sólo por la interrupción de flujos de especies naturales, sino porque, pese al gasto, su función principal es simbólica: no importa si sirve o no sirve para detener migrantes, es una materialización de la diferencia, es enfatizar con precisión física un lindero de derechos y acceso a oportunidades; es edificar la desconfianza.

Sin embargo mi sensación sobre la ofensa es ambigua ya que México es el país de los muros, en todas las colonias de todas las ciudades del país, tenemos la extraña y sistemática costumbre de levantar muros y ponerles cristales rotos en la parte superior, algunos serpentines con navajas, alambres de púas y cables electrificados para marcar propiamente el límite de un fraccionamiento, casa, centro comercial, oficina, negocio, escuela y/o alguna oficina gubernamental; incluso hay carreteras que se han bardado para que la gente sólo pueda entrar en ellas mediante una caseta de cobro.

Tenemos muros de todos tipos y colores, construidos a diferentes alturas, con todo tipo de tabiques, tabicones, block aligerado, mampostería de re-uso, piedra volcánica, rejas de acero y metal desplegado; los hay fabricados de láminas de acero o de anuncios publicitarios. He visto muros de todos los colores, algunos con decenas de capas de pintura de diferentes tonos y épocas, que poco a poco aparecen como un vestigio del deterioro nacional; otros más se presentan con terminación aparente, mostrando el material con el cual fueron construidos; casi todos están pintarrajeados con tags y dibujos, los menos con extraordinarios murales, los más con anuncios publicitarios de partidos políticos que se mantienen por décadas cambiando el nombre del candidato e intercalados con pintas que anuncian algún concierto de banda grupera o de música electrónica. Muchos muros están llenos de posters que anuncian cualquier cosa, aparece uno encima del otro creando una costra de papel que me recuerda un libro viejo que estuvo mojado y se secó con el sol por meses.

Hay muros formados de historia, otros rellenos de cochambre, o agujerados por ratas y debilitados por el salitre y otras sustancias corrosivas. Algunos muestran las varillas oxidadas en la parte superior y otros más son perfectos, recortados en sus bordes de piedra o concreto. Algunos son conservadores y tapan sus desperfectos detrás de repellados de mortero cemento arena, algunos tienen acabado fino, otros por los años se encuentran cacarizos, o se fabricaron rústicos; los más minimalistas son lisos y la imaginación de sus dueños no supera el color blanco; tiene que venir un grafitero a darles vida y colorido.

Hay algunas bardas evidentemente débiles o chaparras que terminan por ser unas taradas ya que no cumplen su cometido de impedir el paso al desconocido, por lo general, más que muros o murallas son simples bardas de 15 centímetros de ancho. Cuando uno piensa en una muralla, sólo la de China aparece en la imaginación y ninguna de las mexicanas se parece; cuando uno piensa en un muro firme y decidido, podemos imaginar el de un casco de hacienda de medio metro de ancho o bien un muro de concreto aparente relleno de varilla propio de una cárcel. En México se construyen más bien bardas. Si bien hay algunas reforzadas y muy altas que se perciben como afirmativo categórico, la mayoría son más bien mediocres. Con cualquier coche se podrían derrumbar, con un mazo en media hora se podrían perforar, son muros que funcionan más como mensaje que como guardián, cuando hay algún robo o se invade una propiedad, normalmente se hace por la puerta principal, eso de brincar muros llenos de púas y cables eléctricos ha complicado la tarea criminal que parece haberlo solucionado con la adquisición de un par de cuernos de chivo. Sin embargo en México la barda es un especie de garante de la conciencia familiar, protector de frustraciones propias y lindero extrovertido entre vecinos y conciudadanos.

Los muros también funcionan como índice socioeconómico, los ostentosos llenos de detalles en cantera y aplanados, pintados de amarillo, con lanzas de tres picos en su parte superior, líneas electrificadas que electrocutan colibríes. Se despliegan en barrios adinerados junto a otras bardas de piedra monumentales o de concreto aparente que parece que cargaran edificios enteros arriba, pero que sólo cargan más cercas electrificadas, estos muros de concreto me recuerdan a una señora que por ir elegante a una boda en el verano en Mexicalli, llevaba su abrigo de Mink a 38º centígrados. En fin, los muros ricos están sobrados y compiten en altura, ancho y presupuesto, mientras que en las zonas de clases medias aparecen los normales, digamos, más conservadores, los hay de todo tipo pero nunca son muy caros y nunca son translucidos y nunca se hicieron de láminas y de lo que se pudo. Son feos, firmes y formales, atraviesan el país con una batalla abierta entre los grafiteros y los propietarios quienes no hayan que hacer para mantener las buenas apariencias y costumbres mediante sus bardas; para que se vean lo mejor posible le ponen jardineras rellenas de arbustos decorativos, a veces esculpidos con formas de jirafas o venados. Algunos cuelgan mensajes prohibiendo pintar o estacionarse, otros lo pintan de colores llamativos al grado tal que cualquier grafitero respeta el morado profundo, el amarillo estridente o el rosa mexicano como una expresión de grafitti minimalista.

En los sectores populares los muros son muy variados en calidad y en materiales, cualquier lámina funciona, o bien piedra volcánica acomodada sin mortero, pero también los hay de block o tabique, muchos repellados y bien mantenidos, sobre todo los comerciales en donde aparecen pintas del negocio, dibujos de un puerco en una taquería, de un señor cargando un muelle en un taller mecánico, de un Ferrari desproporcionado en una refaccionaria o bien dibujos de hortensias descoloridas en una florería o una funeraria. También hay los muros que se rentan a los grandes consorcios como Coca Cola o Converse y otros más que cuelgan toldos con marcas comerciales y letreros de todo tipo. Hay quien pinta sobre su muro todo el inventario, por ejemplo: copias carta y oficio, fotos para el pasaporte, internet, papelería y tlapalería, dulces y regalos, en fin algunos de ellos parecen tiendas departamentales. Pero los más, son de tabique o tabicón aparente, son grises y sin gracia, están incompletos, o en construcción permanente. Son masivos, cada propiedad de México esta bordeada con un muro, incluso cuando los vecinos colindantes han construido los propios muy altos para deslindar sus terrenos.

Los límites entre una propiedad y otra no coinciden, entre las bardas se producen intersticios increíbles, espacios entre muro y muro en los que cabe toda la incertidumbre imaginable, espacios abarrotados de nada, definidos de vacío, llenos de muertos y desaparecidos; rebosantes de linderos con forma de bardas, construidos de abstracciones, intersticios carentes de interior, rodeados de paredes.

En fin, la ambigüedad me rebasa: Con el gusto enorme y endémico que hay en México por sus muros, donde todos de alguna forma son dueños de alguno, resulta que ahora el nuevo, propuesto desde el norte de la frontera nos da un especie de terror, como si nunca hubiéramos visto un muro nos rasgamos las vestiduras ante semejante incongruencia, sólo comparable con la infinidad de bardas que colorean el contexto nacional, que aparecen en todas las ciudades y pueblos del país; muros que sistemáticamente han delimitado nuestras diferencias, que a todas luces dibujan nuestra desconfianza mutua, enraizada en lo más profundo del subconsciente. México es el país de la incertidumbre trazada en sus linderos, de la inseguridad expresa, en donde la imaginación delimita, obstaculiza y reduce a cualquier otro a través de sus muros.

Arturo Ortiz Struck es professor de arquitectura de la Universidad Iberoamericana y professor invitado de la Maestría de Diseño Urbano en la Universidad de Michigan. Miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte del FONCA del 2007 al 2014 y ganador del Premio Nacional de Periodismo Rostros de la Discriminación por su artículo “Desde la arquitectura, la discriminación”, publicado en la revista Nexos, en abril 2012.