estudios críticos de la cultura estéticas y políticas de la representación

Apuntes sobre la elección del Estado de México

Arturo Ortiz

1 de junio, 2017

Una de las representaciones más elocuentes de la complejidad contemporánea es el Estado de México. Ahí, el capital se desterritorializa en cientos de miles de viviendas en fraccionamientos del INFONAVIT y la CONAVI, producidos por empresas como casas Geo, Ara, Homex etcétera; grandes conjuntos de pequeñas casas que se presentan atomizados entre los municipios, sólo comparables con las centenas de miles de viviendas que surgen por aquí y por allá en asentamientos irregulares custodiados por organizaciones sociales vinculadas a partidos políticos. Un contexto definido principalmente por los intersticios que aparecen entre una expresión urbana y otra, y en donde la delincuencia, el crimen organizado y los feminicidios se reproducen ante la oportunidad de la casualidad de manera infinita. Un territorio en donde aparecen las versiones más precarias del capital, entre tiendas de dinero tipo First Cash, Banco Azteca, Monte de Piedad y Coppel, versiones de la modernidad financiera más apegadas a la usura desmedida y a la localización fuera de todo emplazamiento conocido: entre los huecos que dejan los conjuntos de vivienda y los asentamientos irregulares, acompañados por Walmarts y Costcos, así como por establecimientos de Telcel, Movistar, Vips, Sanborns y McDonald’s.

El Estado de México también emplaza grandes zonas industriales medio abandonadas, contaminantes, sin calles adecuadas, atiborradas de trailers y camiones de todo tipo. Los desperdicios localizados en enormes tiraderos de basura colonizan estas zonas con olores químicos y fétidos que se confunden con los que emanan los cientos de canales de drenaje a cielo abierto. Juntos, conforman un entorno para el olfato que sólo se compara con la sensación auditiva qua desborda el oído con cláxones, motores de camiones tipo torton, la bulla en los mercados sus canciones de cumbia, pop, electrónica, así como eternas canciones ochenteras de todo género; con el sonido envolvente de bombas y máquinas de todo tipo y con los gritos de vendedores ambulantes en las calles. Un estado que cuenta con una infraestructura de quinta, rodeada por canchas de fútbol llanero y puestos de deliciosas carnitas y barbacoa a la orilla de cada carretera, de cada municipio de nombre originario: Tultitlán, Teoloyucan, Atlacomulco, Tultepec, Cuautitlán, Ecatepec, Zacazonapan, Tlalnepantla. También es la casa de suburbios del tercer mundo que rodean enormes centros comerciales, en donde la única expresión cultural se reduce a tiendas, establecimientos de helados, las aguas de la zona azul y algunas otras precariedades de la clase media nacional, a la que pertenezco y en donde reconozco la debilidad sistémica en renovar oportunidades y de obtener acceso a derechos.

En este entorno, que Hollywood utiliza como locación para mostrar la versión distópica de Los Angeles en el año 2159 en la película Elysium –en particular en el bordo de Xochiaca, un lugar más parecido a la primera versión de Mad Max, donde lo que priva es la posibilidad de lo que sea–, el único contraste consiste en pequeñas burbujas de control como Valle de Bravo, donde conviven las élites históricas con los nuevos ricos, como Javier Duarte, el exgober de Veracruz, que intentó higienizar su presencia mediante el gusto arquitectónico, los caballos de pura sangre y la ropa de marca, en medio de la abundancia decretada por su esposa. En medio de todo, grandes obras de infraestructura con contratos cuestionables y bajo sospecha de financiar políticos, campañas y residencias en las Lomas de Chapultepec. Es ante este distópico escenario mexiquense, precario y diluido, que se presentan enfáticos, los entusiastas candidatos a la gubernatura.

Los debates entre ellos se definen por las mutuas acusaciones masivas, han colocado el centro de la discusión en quien ha delinquido más, así los electores abiertamente deben decidir entre el menos malo, o al que le hayan comprobado menos actos de corrupción. Es paradójico que lo que deben escoger los votantes es un candidato que robe menos o de mejor manera. A mi parecer, ha desaparecido el intercambio de ideas para fomentar monólogos tan increíbles como cínicos, tan hipócritas como vacíos; es lamentable que la discusión ha desaparecido del contexto, ya que nadie pretende el uso de la palabra para convencer sobre algún principio o forma de ver las cosas, o bien sobre la forma de gobernar o de atender las necesidades de la sociedad. No sólo son inexistentes los argumentos capaces de disuadir a nadie de nada, tampoco aparece una voluntad de escuchar al otro. Digamos que uno de los principios fundamentales de la política: el discurso, esta agotado.

El asunto, en mi opinión, es fulminante. Sin discurso e intercambio de ideas es imposible buscar formas de accionar a los individuos para que, de forma autónoma, se convenzan o sean disuadidos por una mirada o una postura ante las cosas, y que por lo tanto, tengan la posibilidad de comprometerse con una idea política que se adecue a sus necesidades y a su imaginación. La autonomía del movimiento hacia una forma de atender los asuntos entre los hombres queda cancelada cuando no hay discurso. No hay monedas de cambio en las fantasías del presente, no se presentan esperanzas de bienestar y tampoco se impulsan espacios de interacción y participación; más aún cuando las propuestas electorales no presentan escenarios en donde el honor de los aspirantes funcione como garante de nada, ya que todos se acusan de pasados deshonestos y cuestionables, mientras que ninguno de los candidatos tiene la virtud de establecer un diálogo que busque producir condiciones de igualdad de oportunidades, de acceso a derechos y servicios, al tiempo en que se respeten las diferencias como principio crítico todo proyecto político. El escenario es estéril de ideas y destinos.

Lo que prometen los candidatos es la imposición de una extraña superioridad moral, el ejercicio de la fuerza en forma excesiva para controlar un nebuloso y flexible concepto denominado delincuencia, así como un dominio sobre la voluntad de los votantes que se expresa mediante el intercambio de títulos de propiedad, tarjetas de débito, programas sociales, becas a niños y jóvenes, etcétera. Lo que proponen y prometen se parece más al concepto de tiranía y no al de política, mucho menos al de democracia. Ante un contexto por demás complejo, una vacuidad de ideas políticas y un conjunto de candidatos cuestionables, y sin promover o fomentar el abstencionismo, auténticamente me pregunto por el sentido de la democracia y la política. Por la precariedad del sistema electoral cuando es incapaz de fomentar el diálogo y la acción ciudadana, que ha olvidado la necesidad de mantener las diferencias y ha borrado del mapa la posibilidad de mantener condiciones de igualdad, me parece más una subasta que una elección.

A partir de experiencias recientes me atrevo a imaginar: es probable que la elección dé como resultado a un nuevo gran corrupto e impune, con lo cuál se pondría nuevamente en entredicho la vigencia del sistema electoral y se mostraría con claridad que el sistema de legitimidad político lo que está legitimando es la impunidad y la corrupción. Me pregunto también de qué manera se pueden construir contrapesos institucionales que apunten a un Instituto Nacional Electoral que inhiba el lamentable teatro del Estado de México, y sea capaz de tener su origen en principios básicos de la política como el discurso, el diálogo, la disuasión, y la movilización y la acción autónoma de los individuos en los asuntos de la sociedad; que privilegie las diferencias en condiciones de igualdad, mediante gobiernos honorables que cuenten con la virtud republicana de ejercer el poder mediante la distribución del mismo. Un sueño guajiro por demás imposible en el presente y el futuro inmediato.

Arturo Ortiz Struck es professor de arquitectura de la Universidad Iberoamericana y professor invitado de la Maestría de Diseño Urbano en la Universidad de Michigan. Miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte del FONCA del 2007 al 2014 y ganador del Premio Nacional de Periodismo Rostros de la Discriminación por su artículo “Desde la arquitectura, la discriminación”, publicado en la revista Nexos, en abril 2012.