estudios críticos de la cultura estéticas y políticas de la representación

De delirios, perversiones y locuras en tiempos de impunidad
(Anotaciones esquizo psicóticas sobre la práctica del poder en México)

José Luis Barrios

Michel Foucault coloca una de las expresiones de lo monstruoso o lo anormal en la figura del Rey Ubu. Lo ubuesco, según el filósofo, se caracteriza por una desproporción entre el poder y aquel que lo detenta. El resultado de dicha desproporción es la deformación del cuerpo, y su materialización fundamental es lo ridículo, cuya expresión estética es la caricatura. Sin embargo, la diferencia entre el ridículo y la caricatura es que, mientras que la segunda es una operación critica, o de distanciamiento, producida por el artista, la primera es un acto involuntario de quien realiza la acción. De igual manera, estas dos formas de expresión de lo ‘anormal’ poseen sus gradaciones históricas diferenciadas, las cuales son definidas, en el ámbito de la política, por la relaciones entre fuerza, poder y ley. Pero, además, estas gradaciones se conforman de acuerdo al modo en que el poder se divide en figuras de Estado (monarquía o república) y regímenes de gobierno (presidencial, parlamentario). De acuerdo a esta perspectiva estética de lo político, la determinación de la condición de inteligibilidad, afectividad y pragmaticidad de la política dependerá del equilibrio ‘racional’ entre fuerza, poder y ley.

Estas afirmaciones preliminares tienen la intención de definir el marco de análisis sobre el que me gustaría abordar algo que, a fuerza de su compulsión de repetición, ha definido una sintomatología que se expresa en el imaginario del poder en la práctica de la política en México, al menos desde el año 2000. Me refiero al modo en que el imaginario del poder en México ha transitado, del fin de su ‘majestas’ priista, hacia sus figuraciones perversas contemporáneas, cuyas configuraciones, jurídicas y políticas, habría que entenderlas como un déficit de la ley ante el ejercicio del poder, o para decirlo pronto, como impunidad. Sin duda, en esta sintomatología se puede leer la tensión entre el delirio y la esquizofrenia del poder. Algo que produce también una patología social que sería objeto de objeto de otro análisis.



Sintomatologías

Estoy convencido que el ‘trauma’ que se anida en el imaginario del poder en México tiene que ver con la alternancia del poder que se da con el triunfo de Vicente Fox en las elecciones del año 2000. Inolvidable la imagen del entonces presidente, Ernesto Zedillo, apareciendo en cadena nacional reconociendo y felicitando a Vicente Fox como triunfador de las elecciones de ese año. Más allá del la importancia histórica o no del triunfo de la oposición después de setenta años de la hegemonía partidista del PRI, desde una perspectiva de análisis sobre la pulsión del poder, la aparición de presidente Zedillo en cadena nacional supuso una primera fisura en el imaginario del cuerpo de poder (el presidente y el presidencialismo) que daba cuenta del momento público de la fractura, aún más profunda, del pacto tribal que durante décadas funcionó como pacto secreto en el communitas priista. Visto a la distancia, esta fisura, tras casi dieciocho años de ‘alternancia’, ha funcionado como una cierta pulsión de muerte que ha provocado un caos en el orden de la representación en la política y la sociedad mexicana. Caos que se materializa en la incapacidad de los distintos órdenes de representación y del discurso de poder político de dar respuesta a la descomposición que se vive en todos los órdenes de existencia de la sociedad mexicana. Vayamos por partes.

Uno de los síntomas que se vuelven relevantes dentro de este lógica de crisis, o caos, de la representación es el que tiene que ver con el modo en que las complicidades perversas entre lo político, lo económico y la domesticación social, tanto de la fuerza y la masa social como de la fuerza laboral, se fracturó en la historia reciente del país. Esto no significó una democratización de la sociedad, sino antes bien una fractura en el modo en que el gobierno sobre los cuerpos se disgrega en filos esquizos que son incontenibles por los regímenes imaginarios del propio poder. Son muchas las implicaciones de esta afirmación, aquí sólo me interesa atender la que tiene que ver con su modo estético-imaginario de efectuación: si algo tienen en común los modos de visibilidad de los líderes políticos y sectoriales del país (Elba Esther Gordillo, Vicente Fox, el presidente del PRI nacional, Enrique Ochoa, o el que fuera del DF, Cuauhtémoc Gutiérrez de la Torre, Felipe Calderón, Rosario Robles, los llamados chuchos del PRD, Azcárraga, incluso Adela Micha) es que sus imágenes se debaten entre lo monstruoso y lo patético. Su modo de aparecer –y acaso por ello el pobre intento de estrategia de comunicación con el que la presidencia ha intentado contener estos desbordamientos tras el escándalo de casa blanca–, tienen algo de esquizofrénico en el sentido en que hay una disolución del principio de realidad de estos personajes. Si hemos de aceptar que uno de los síntomas fundamentales de la esquizofrenia tiene que ver con la incapacidad del sujeto de formar una imagen unificada y armónica de sí mismo, no deja de sorprender el modo de hacerse visible de este tipo de personajes: desde los rostros atrofiados por tanta cirugía plástica o el disparate –de algún presidente– de vestirse y vestir de militar a su hijo y aparecer en público, hasta la foto de un empresario con una gestualidad casi de roedor festejando en el Estadio azteca, a causa de algún gol anotado por el equipo de su propiedad, son desbordamientos de la pulsión del poder que ponen en evidencia la manera en que el ideal del poder es excedido por su pulsión, al punto de colapsar la representación. Desde luego no puedo afirmar que esto sea intencional, más bien me interesa mostrar el modo en que, en este desbordamiento involuntario se muestra el modo en que el poder se ‘imagina’ a sí mismo a través de toda su maquinaria de producción de visualidad. En este sentido, se trata de un modo de aparecer donde el fragmento, la boca inyectada de colágeno, el gesto congelado por botox o incluso el alarde de enanismo corporal, muestran una suerte de fragmentación y predominio de la parte por el todo que bien puede ser pensado como una forma de lo monstruoso. Esto, a condición de que esta ‘deformación’ interpele una contra-finalidad de lo orgánico en la gestualidad.

El otro registro de esta sintomatología tiene que ver con los filos psicóticos de enunciación. Estos, a diferencia de los flujos esquizos que se inscriben en el cuerpo, lo hacen en el lenguaje. Se trata de una formación psicótica del enunciado en la que la función del lenguaje se escinde del cuerpo (la gestualidad, la entonación, etc.) dando lugar a una suerte de construcción de principio de verosimilitud y de verdad de los enunciados. Paradigmático de esta escisión en las prácticas del poder contemporáneo en México es el caso del exgobernador de Veracruz, Javier Duarte. Su capacidad de mentir, en la icónica entrevista que le hiciera Loret de Mola antes de huir del país, al punto de generar un principio de realidad a partir de una ficción enunciativa radical, si bien no produce una deformación del estatuto fantasmático del personaje, lo que hace es llevar el lenguaje al registro delirante. Es decir, desanuda los significados del significante primordial del sujeto del poder y por tanto de la ligazón/separación entre discurso y realidad. En este sentido la pregunta no es si el gobernador miente, sino si el sabe que miente. De acuerdo a Lacan, una de las condiciones de la forma de enunciación psicótica es que la estructura sintáctica de los enunciados cumple con las condiciones formales de construcción del enunciado, pero carece de relación ontológico-causal entre dichas condiciones y los significados ‘reales’ del discurso. A diferencia de filo esquizo del poder, que deforma el imaginario, el enunciado psicótico desborda al sujeto de enunciación al punto en que el lenguaje habla por sí mismo. Acaso por ello solemos tener ante esta formación discursiva que el sujeto es velado por el lenguaje al punto de que pareciera que ‘eso’ (el poder) habla. No hay un devenir monstruoso del cuerpo del poder sino un devenir delirante del discurso, al punto que pareciera que los enunciados se vacían y funcionan a modo: como formas de otredad simbólica del poder. De acuerdo a esto, por ejemplo, si seguimos el modo de emplazar públicamente el discurso de la presidencia, lo que se produce es una suerte de clausura de la realidad por el discurso delirante e hiperbolizado del supuesto saber de la ley. Algo que en años recientes ha caracterizado las prácticas discursivas del poder en México.

De la sintomatología del discurso como condición de posibilidad crítica al poder

Las relaciones de la historia del poder no se podrían entender sin el modo en que éstas se anudan entre su imaginario, su real y su simbólico. El nudo borromeo, lo sabemos, es la topología a través de la cual Lacan explica las formaciones del sujeto. También sabemos, después de Foucault, que esta formación del sujeto (del poder) no es resultado de una mera ontogénesis de la pulsión sin más, antes bien, ésta es factible de ser analizada en virtud de que siempre se produce, históricamente, como visibilidad y discursividad. En este sentido, toda condición de posibilidad crítica y analítica del poder puede ser pensada de acuerdo a la manera en que se entraman la pulsión y la historia en las materializaciones, las mediaciones y las prácticas de dicho poder. Es decir, en el modo en qué –para decirlo en cifra marxista–, se define la economía política en términos de su imaginario y su simbólico. De acuerdo a esto, sería posible aproximarnos a los modos diferenciados de producción simbólica e imaginario en momentos determinados de la historia.

En lo que concierne a los análisis que en estas páginas apenas he trazado, las consideraciones precedentes me permiten sugerir que las prácticas del poder político, en el contexto de la inacabada y casi imposible ‘transición democrática’ en México, quizá pueden entenderse mejor a partir de la excedencia, la desproporción y el desbordamiento de las formas de enunciación y de los regímenes imaginarios en los que éste se configura. Deseo sugerir que la pulsión del poder de la política en México se define y funciona en el punto donde el lenguaje delira y su cuerpo se desborda. Para ser más preciso, a diferencia de las formas en que el poder se imaginó a sí mismo en la era de nacionalismo priista –donde las figuraciones del poder tenían que ver con la estética del ‘majestas’, el sacrificio e incluso de cierto heroísmo melodramático en el que se inscribían los proyectos políticos, sociales, educativos y de salud, propios del programa posrevolucionario–, en la era del neoliberalismo como política de estado, el poder sólo ha podido producir un régimen imaginario que carece de un punto de anclaje entre lo imaginario y lo simbólico; lo que, entre otras cosas, significa que no sólo carece de principio de realidad, sino que sustituye los límites y la especificidad ‘reales’ con su propio imaginario del cuerpo del poder, y lo simbólico, el lenguaje de la ley, se enreda en su pura red de significantes.

Desde esta perspectiva, esta sintomatología del poder permite al menos abrir perspectivas más profundas de análisis sobre la corrupción, la impunidad y la violencia en el México contemporáneo y, de manera paralela, quizá permita aproximarnos a una comprensión más compleja de la crisis de la representación en la política contemporánea. En todo caso, en el punto en el que pareciera que este exceso se abre hacia la imagen monstruosa del cuerpo del poder y hacia el delirio de sus significantes, tendríamos que pensar que de lo que se trata es de una abyección –de acuerdo al concepto de Julia Kristeva– de sí mismo, es decir de la expulsión de su objeto en tanto que no tiene las condiciones para producirlo como exterioridad. Esto, en términos jurídicos-políticos, significa que la ley vomita a su objeto (lo social) produciendo con ello la violencia o abyección.

En este sentido, pienso que las preguntas por la violencia, la impunidad y la corrupción en nuestro país, deben también ser pensadas a partir de la sintomatología de lo deforme y lo monstruoso, de lo delirante y paranoico del discurso del poder. Ahí donde estas efectuaciones de visibilidad y decibilidad de lo político se muestran como “excedencias” que producen un desbordamiento donde, quizá, podamos encontrar las condiciones críticas a la la pulsión del poder.

José Luis Barrios es filósofo e historiador del arte. Académico del Departamento de Arte de la Universidad Iberoamericana e Investigador Nacional nivel II, es autor de múltiples libros sobre arte, estética, y el problema de la representación. Sus artículos académicos y libros pueden consultarse aquí.