estudios críticos de la cultura estéticas y políticas de la representación

Acentos
Altorrelieves de mi vida contemporánea I

Gibrán Larrauri Olguín

25 de agosto, 2017

Pintura mexicana

La pintura de Daniel Lezama proyecta de manera fulgurosa el destino de multitud de espíritus y cuerpos mexicanos. Los cuerpos que pinta Lezama no están desarropados, no son pinturas de desnudos. Ni naked ni nude, más bien cuerpos en resultado de ultraje. México ve aumentar el volumen del ultraje como forma de administración de la existencia. La patriótica pintura de Lezama es, en este sentido, verdadera.

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Pintura YouPorn, trazos Pornhub y similares son la que ejecuta Miguel Ángel Garrido en su serie “Animal en celo” (2005-2007). Si para Benjamin el lenguaje pictórico es superior, por ejemplo, al poético y al musical, puesto que logra traducir en formas y colores el lenguaje mudo de las cosas, ¿qué pasa cuando en estas pinturas las cosas expuestas son representaciones de seres humanos y animales en estado de gimnástica y a veces mecánica cópula? Es decir: ¿la pintura de Garrido es apologética del imperativo del goce propia del capitalismo o es una crítica del mismo? Es curioso, cuando menos, que antes de acceder a la visualización de esta serie se nos advierta que su contenido puede resultar “realmente ofensivo” para los visitantes, pues en ninguna página web de las arriba aludidas uno se topa con una advertencia similar. La estática plástica va con advertencia, la dinámica cinematográfica no. Tal vez esta diferencia resuelva mi pregunta.

La presencia de la advertencia en las pinturas de Garrido es una nota de distancia y un apelo a la decisión. Ese tiempo que toma decidir si ver o no puede funcionar como invocación a la responsabilidad del sujeto. Pero… también, esa advertencia puede que sólo incentive más el llamado superyoico, desgarrador, del goce escópico.

Pintura fronteriza entre la promesse de bonheur y la reificación es la de Garrido.

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Academia

Mucho se trabaja, muchas becas y plazas académicas y artísticas se dan para luchar por la equidad de género, algunos la llaman igualdad. Mucho se dice que hasta que eso no se establezca, hasta que esa equidad no venga, varias formas de la violencia entre los seres no serán erradicadas. En mi opinión una de las causas de tales violencias es precisamente la categoría de género, palabra en masculino y siempre falocrática, se tenga pene o no para sostenerla. Sospechoso es que las instituciones gubernamentales y privadas por igual otorguen los apoyos antes citados, pues la institución, aunque gramaticalmente es femenina, es siempre falocrática, hasta en la forma de sus organigramas.

Reforzar el género es reforzar la identidad. Reforzar la identidad, se lo sepa o no, se traduce en incentivar la agresividad. Desde este punto de vista los defensores del género se ubican en la línea de los bomberos piromaníacos.

La única equidad deseable, la única igualdad posible, verdaderamente antiviolencia, es el reconocimiento y la asunción de la inconmensurabilidad entre un ser y otro, independientemente de sus órganos, de sus filias y fobias. La diferencia por igual es la verdadera equidad. Lo único común entre uno y otro es su mutuo desierto de respuestas, su común extravío en el amor y en el deseo. Hasta que las víctimas no reconozcan su fundamental escisión seguirán siendo blanco de las tendencias que se aferran a que exista al menos uno completo.

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“Teorías de género”. La parte “teorías” corresponde a la diversidad de la diferencia incalculable. La parte “género” a la universalidad. En el acto se reproduce así la querella histórica entre los singulares y el absoluto. “Teorías de género” es una de las formas de la academización del conflicto eterno. Pero si la academia, por lo general, y casi diría que hasta por necesidad, tiene estructura de organigrama, a lo más que se llega desde allí es la erección de nuevos amos de la identidad.

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Psicoanálisis

¿Cómo concebir el libro de Néstor Braunstein El inconsciente, la técnica y el discurso capitalista (2012)? ¿Cómo una reivindicación suya? ¿O como un acto, tal y como lo definió Lacan en el ’69: como siendo algo que esencialmente se desconoce a sí mismo? Pues en su libro Braunstein hace una crítica puntiaguda del capitalismo. A la par, a Braunstein se le debe en buena medida que el psicoanálisis, sobre todo el llamado “lacaniano”, deviniera en esencia un objeto de consumo desde inicios de los 80’s en CDMX, un objeto con el que se comercia.

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En su texto “La Teoría Crítica y el psicoanálisis en la actualidad” Braunstein erra el tiro. En el fondo se trata del mismo tiro. Afirma: “Hay que decirlo y con claridad: el ‘retorno a Freud’ no fue una iniciativa de Jacques Lacan sino una exigencia surgida de la Teoría crítica” (1). A menos que Horkheimer y Adorno, fundadores de tal teoría, hubiesen sido clínicos, se podría sostener tal tesis. Pero no lo fueron, a pesar de que para el caso de Horkheimer exista una breve experiencia de análisis, la cual -no sobra decirlo- fue motivada por su imposibilidad de presentarse a una ponencia sin texto escrito. Poner por encima del “retorno a Freud” de Lacan el emprendido particularmente por Adorno a partir de 1942 (como lo data Braunstein a partir de Minima Moralia), es desconocer –que no ignorar- la puntual diferencia entre ambos gestos. El retorno “crítico” a Freud es un retorno esencialmente teórico (esto resulta lógico dado el nombre de su escuela), el retorno lacaniano es en primer y último término, un retorno a la clínica psicoanalítica. No se trata de los mismos retornos. Entonces, poner a uno por encima del otro es, primeramente, ubicarlos en una misma línea. En segundo término, es situar en hegemonía la teoría psicoanalítica en relación a su práctica. La teoría psicoanalítica es comerciable, su experiencia no. La afirmación de Braunstein es, por tanto, una exageración, pero no es verdadera…

Por lo demás, si Lacan no tuvo la “iniciativa” de retornar a Freud sino que fue actor de la “exigencia” adorniana, se pasa por alto, por ejemplo, que para el año del ‘36 Lacan aportó una respuesta a una pregunta dejada abierta por Freud: ni más ni menos que aquella que da cuenta del nacimiento del Yo, “escobilla” con la que Lacan mismo dijo haberse incluido en el psicoanálisis. Tal respuesta si bien es teórica fungió sobre todo para diferenciar el abordaje clínico que proponía la oficialidad psicoanalítica del sólido ego, de aquel que amerita atribuirle a Freud en función de su señalamiento de un yo escindido, y por extensión, de un Otro en falta. (La función del Yo fue, por lo demás un tema caro para Adorno y su reflexión sobre el fascismo, por supuesto sin que en sus estudios se tomara en cuenta a Lacan).

Lacan no retornó a Freud para nutrir sus intereses en torno a la dominación y la desigualdad sociales, sino para renovar la orientación de la experiencia psicoanalítica. Por esto, el retorno a Freud de Lacan es esotérico, el frankfurtiano, exotérico. Esta es otra forma de concebir la diferencia que borra Braunstein con su afirmación. Por último: si bien hay pruebas de que Lacan se inspiró en Horkheimer y en Adorno para dar cuenta de la desinvestidura de la imagen paterna en la familia occidental contemporánea, y para sostener la cercanía entre Sade y Kant, difícil es, cuando no improbable, que haya sido por Adorno que se propuso retornar a Freud, pues con “claridad” esto es lo que afirma Braunstein.

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Rock

Después de la primera mitad del siglo XX, ha habido rockeros, particularmente cantantes, que se suicidaron bajo las presiones de la industria cultural que los hizo íconos del consumo, limando así la potencia de sus tonos. Hay otro tipo de músicos que iniciaron sus vocales bajo la hegemonía estable de tal industria. Desde este punto de vista, sus suicidios en este 2017 (Cornell, Bennington), resultan ser sus obras más radicales y hasta sus más auténticas, gritos finales de protesta ante el status quo del que en realidad siempre formaron parte. Hay otro tipo de músicos que resiste ante la tentación de tal modalidad de la protesta, y esto es debido, me parece, a que desde un inicio sus obras se establecieron como una crítica directa y sistemática de la propia industria cultural musical. Y es que la industria cultural puede matar si no es sistemáticamente criticada. Mata primero el espíritu, luego el cuerpo.

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A mi entender uno de esos compositores rockeros que resiste a la banalización que trae consigo la industria musical (y esto, lo subrayo, sin que proponga que no forma parte de ella) es Steven Wilson. Últimamente ha elevado la categoría del “paria” a la condición cada vez más presente en las individualidades hipertecnológizadas que habitan particularmente en las grandes urbes. El paria originalmente es aquél que en la sociedad hindú está fuera de toda casta, fuera de toda nobleza en su origen y desde allí es colocado en la posición del desechable y apestado. Para Wilson, decadentista contemporáneo, las personalidades urbanas de nuestros días están cansadas de su debilidad, de sus pies de arcilla, de los días por venir y del ayer, están cansadas de su decaída salud. Están cansadas, en fin, de Facebook. Si para Lacan todos somos proletarios, para Wilson todos estamos destinados a ser parias. Y si bien esto representa el triunfo de la administración del desarraigo masivo, tal vez en su concreción esté el albor de otro posible inicio subjetivo.

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Pero mientras tanto, cuando el sol negro nos ahoga: ¿todavía algo importa?...


[1] Aparecido recién en este 2017 en el primer tomo de: nicht für immer! ¡no para siempre! Introducción al pensamiento crítico y la Teoría Crítica frankfurtiana, coordinado por Ambra Polidori y Raymundo Mier, UAM-X-Gedisa, México, p. 616.

Gibrán Larrauri Olguín es Psicoanalista y doctor en Filosofía en la UIA Ciudad de México. Autor de los libros Bataille y el psicoanálisis. Freud, Lacan y la heterología y Negatividades de lo escópico. Mirada, subjetividad, poder. Actualmente es docente de los Departamentos de Filosofía y de Comunicación de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México y profesor invitado de la Universidad de la Cuenca del Plata, Argentina.