estudios críticos de la cultura estéticas y políticas de la representación

Entre los cimientos de la corrupción.
Crónica de los días que siguieron al sismo del 19-S

Karla Ballesteros

3 de octubre, 2017

Martes 19 de septiembre


Después de poder abrazar a alguien conocido, saber de mi familia y mis amigos más cercanos, fui junto con una amiga a ayudar en el edificio de Escocia en la colonia del Valle. Alrededor de las 14:20 horas nos acercamos a la esquina de las calles Gabriel Mancera y Eugenia, que ya se encontraban cerradas con cordones de seguridad y estaban rodeadas por un tumulto de gente. Nos acercamos a una mujer que traía un chaleco de la delegación Benito Juárez y con un altavoz dirigía la entrada de personas si tenían casco y cubre bocas. Nosotras no teníamos; habíamos salido de nuestros edificios como pudimos. Ella nos dijo que si queríamos ayudar buscáramos botes para sacar escombro. Fuimos a buscar a la redonda. No había establecimientos abiertos: las tiendas Oxxo y Seven-Eleven estaban cerradas y el Soriana de al lado había cerrado por temor a saqueo. Esto me enojó bastante, porque era un desastre natural, una urgencia y el temor al saqueo me parecía de lo más absurdo. No teníamos tiempo de saquear, queríamos ayudar.

Los vecinos bajaban con miedo de sus edificios para darnos las cubetas que tenían, pero no juntamos muchas. Regresamos a la esquina de Gabriel Mancera y Eugenia y, de inmediato, ya estábamos cargando escombros y pasando cubetas vacías. Nadie preguntaba si eras hombre o mujer, si eras oficinista, estudiante o trabajador de la construcción, simplemente trabajamos para ayudar. Lo urgente eran médicos, rescatistas y manos para remover escombros y sacar a las personas que estaban dentro.

El Ejercito y la Marina llegaron muchas horas después. No recuerdo cuántas, pero aseguro que fue al anochecer. Los policías eran los únicos que estaban alrededor, pero el rostro de muchos era de angustia. Algunos sólo pasaban mandando mensajes en su celular sin atender la urgencia. Por la noche escuché a uno que llamaba por teléfono, preguntando por su esposa y por su mamá porque no los habían encontrado. En ese momento me pregunté si a ellos alguien les había preguntado por su familia, si antes de trabajar se aseguraron de que estaban bien. Por ello su trabajo sólo era vigilar, pues aún tenían la angustia de buscar a sus seres queridos. Como siempre, ellos son las primeras víctimas de la violencia que ejercen, pues son despojados de su humanidad para ser simples vigilantes y ejecutores de la ley por medio de la violencia.

En la zona de la Narvarte y la del Valle había un silencio fúnebre. No había luz y la desolación y tristeza apenas comenzaban a tener efectos. Apenas nos dábamos cuenta de la magnitud del desastre.



Miércoles 20 de septiembre


Al día siguiente, después de haber descansado unas cuantas horas, mis amigos y yo fuimos a la brigada de la misma zona para ayudar porque seguíamos preocupados por lo que había pasado muy cerca de nuestra casa. La ciudad estaba desolada y no había mucho transporte. El silencio era lúgubre y las personas sólo hablaban del tema, del asombro, de su experiencia, de sus pérdidas.

Nos acercamos de nuevo a la esquina de Gabriel Mancera y Eugenia, pero ya no se podía pasar. Nos mandaron hacia Concepción Beistegui y División de Norte. Ahí ayudamos en varias cadenas humanas pasando agua y comida. Después del medio día, un hombre de quizá unos 40 años se acercó al acopio. Su rostro desencajado no daba de sí, se acercó a un voluntario y con voz suave le dijo: ¿Me pueden ayudar? No tengo nada, tenemos hambre, somos afectados del edificio de Escocia, desde ayer que no comemos. De pronto el voluntario alzó la voz y gritó: Ayuden a este chico, es de los afectados del edificio, tráiganle comida, agua y medicina. El chico se hundió en hombros. Creo que no se sentía cómodo con anunciar que era parte de los damnificados. Creo que a muchos les costaba trabajo aceptarlo, seguían sin creer que habían perdido todo. De inmediato lo llenaron de cosas, agua, comida y medicamento. Las tomó y no volteaba a ver a nadie. Sus ojos se llenaron de lágrimas y así fue guiado hacia la caseta en dónde tenía que anotarse para recibir la ayuda como afectado.

Pensé en lo difícil que es aceptar que eres damnificado, que eres vulnerable y que lo menos que quieres es que todos se enteren, aunque no los conozcas, porque más que vergonzoso es sumamente doloroso. Por otro lado, comenzábamos a darnos cuenta de que la ayuda era entregada a la gente sin preguntarles qué necesitaban realmente. Sólo les daban comida, agua y medicina. La gente las tomaba, agradecía y se iba lentamente. Entre las filas de cadenas humanas reinaba la desorganización, pero muchos no queríamos despegarnos porque no podíamos hacer nuestra vida en casa. No estamos preparados para estas situaciones y queríamos ayudar. Había quienes ofrecían su conexión de luz para cargar el celular, por todos lados gente con comida y agua para los brigadistas, pero de pronto éramos tantos que decidimos marcharnos porque pensamos que sólo entorpecíamos el trabajo.

Como muchas personas mencionaron, lo destacable de las primeras horas después del sismo fue la ayuda de la sociedad civil. Me pregunté por qué sucedió esto en una ciudad dónde todos los días desconfiamos de todo y de todos; en un país en el que la mayoría de las veces se culpa a la víctima por lo que le pasó y muy pocas veces conocemos al victimario. Esta vez no se podía culpar a las víctimas por hacer su vida cotidiana, por estar en sus hogares, por ir a trabajar, por ir a la escuela, por comprar en una tienda. Esta vez la desgracia era ajena a nosotros, tan simple como el movimiento de placas tectónicas en una ciudad que tiene demasiadas malas construcciones.

Por la tarde tuve que ir a mi edificio en la calle de Yácatas en la colonia Narvarte Poniente. Quería saber el estado de mi edificio. Seguíamos sin luz y sin agua. Saqué algunas cosas y el paisaje de mi calle era desolador. Un edificio atrás tenía huecos enormes que permitían ver los muebles de los vecinos. El edificio de la esquina se había caído y dos más estaban muy dañados. Estuvimos afuera con los vecinos esperando a que llegaran unos estudiantes de ingeniería de la UNAM para la revisión estructural. La espera se alargaba y ya teníamos hambre, pero no podíamos ir a algún lugar a comer porque la mayoría estaban cerrados y tampoco queríamos entrar al edificio. Una pareja de jóvenes trajo sándwiches y nos ofrecieron, pero no quisimos tomarlos. Después de mirarnos y darnos cuenta de que todos teníamos mucha hambre aceptamos el sándwich. Recordé al chico de la mañana y en lo difícil que es aceptar que eres un damnificado, porque es aceptarte vulnerable.



Jueves 21 de septiembre


Esta vez no quisimos ir cerca del edificio de la colonia del Valle, sino hacer algunos pendientes. Además, necesitábamos hablar sobre lo que sentíamos, pues el miedo no era menor.

Por la tarde nos dirigimos al acopio en la Plaza de Toros para ayudar. Había una larga cadena para cargar un camión que iría a Morelos y era necesario llenarlo con herramientas, comida y agua. De inmediato nos colocaron en la cadena y comenzamos a cargar. Cuando hubo que cargar herramientas, a veces las pasaban derecho pues creían que no podíamos porque éramos cuatro mujeres. Cuando no había de otra más que pasarlas por nuestras manos, se sorprendían de que sí podíamos cargar. Me parecía que de pronto se burlaban de nuestra ayuda y de que cargábamos mucho. Las diferencias entre hombres y mujeres se hacían notar: quien estaba a cargo de llenar los camiones eran hombres y quienes recibían y seleccionaban la ayuda eran las mujeres. Quise pensar que era una cuestión de división del trabajo, pero no lo era.

Algunos de los policías ya se quejaban porque no habían regresado a sus casas desde el sismo. Se veían cansados y desanimados. Tuvimos un tiempo de diversión que quizá a muchos nos hizo el día: había unas bolsas grandes que contenían film alveolar, es decir, burbujas de plástico, y, como no eran pesadas, las pasamos como pelota de plástico en la cadena humana. Los policías decían entre ellos que eso había sido divertido y que no recordaban la última vez que habían reído, y así de nuevo regresaban a la rutina de trabajo, sin saber hasta cuándo verían de nuevo a su familia.



Viernes 22 de septiembre


Me incorporé a las brigadas con mi Universidad porque no podía dormir y, como muchos, pensé que era mejor estar ayudando y cansarme para no ensimismarme en mi dolor y mis miedos. Además, la falta de concentración en mis pendientes era otro factor para seguir en lo que, para mí, era en ese momento prioridad. La organización ya había cambiado: tenías que anotarte en una lista de espera con tu edad, dirección y un número de contacto, anotar en tu brazo los mismos datos, vacunarte contra el tétanos, llevar botas, de preferencia con casquillo, casco y guantes, y esperar a que se requiriera gente.

Durante el tiempo de espera en la fila pude platicar con algunas personas de la brigada. La mayoría eran jóvenes de entre 20 y 30 años, venían de lugares lejanos, sabían que tenían que ayudar y comentaban de otros derrumbes en los que habían estado; incluso algunos no querían volver a sus casas por temor a que volviera a pasar otro sismo. El tiempo de espera era bastante largo. Había muchos voluntarios, pero era necesario cubrir el turno de la noche. Hasta ese momento estábamos hombres y mujeres juntos; después de un rato nos separaron, pidieron una fila de hombres y otra de mujeres y se llevaron a los hombres de la brigada.

De pronto una chica increpó al voluntario que nos guiaba: ¿Qué te pasa?¿Por qué nos separas? El voluntario respondió: Es que nos pidieron 40 hombres y tengo que llevarlos. A lo que la chica, muy enojada y gritando, respondió: O sea, ¿me estás diciendo que por ser mujer no puedo cargar? Yo puedo cargar más qué tú, más que él y más que muchos. Se me hace una grosería que nos traten así.
Muchas de las mujeres que estaban junto a mí reaccionaron de igual forma y el voluntario, muy nervioso, respondió: En verdad no es discriminación, a mí la gente de adentro me pide hombres. En verdad te entiendo, pero yo no puedo hacer nada. Ella comenzó a preguntarle a sus amigas si ellas se quedaban, de ahí que les dijo: yo a cargar cubetas vacías no vine, esto es demasiado machista y retrograda. Así que se fue muy enojada y con ella varias mujeres.

En ese momento pensé que, en efecto, había una discriminación hacia nosotras, porque muchas de las que estábamos ahí teníamos la fuerza suficiente, pero tampoco me parecía demeritar el cargar cubetas. Creo que no se trataba de protagonismo sino de ayudar con lo que se necesitaba, por lo que me quedé muy confundida: entendía su molestia, pero no su argumento. En breve, pidieron que llevaran a hombres y mujeres sin distinción porque había mucho trabajo y ya se habían ido muchos voluntarios. En la entrada de la fila sólo se escuchaba que los voluntarios calmaban a la gente diciéndoles: Sí van a pasar, pero tiene que ser en orden. Sé que llevan mucho tiempo esperando, pero no es tan fácil.

Esa advertencia me parecía un tanto difícil de entender, pues parecía que esto era un show donde te tenías que formar para participar. Me empecé a sentir incómoda y ya no sabía qué hacer. De pronto, nos llevaron al área de desastre. Cargué cubetas de escombro, pero no me parecían pesadas. Con las horas el trabajo se volvía pesado: era cargar y cargar, pasar cubetas de mano en mano. Después de un rato había silencios en los que se esperaba que hubiese rescatados. Esos momentos eran los más tristes porque no hacíamos nada, sólo estábamos callados, mirando y esperando. De pronto revisaba el celular, pero tampoco quería gastar mi batería. Después de las primeras horas de la madruga mis amigos y yo decidimos retirarnos, ya no aguantábamos. Pensábamos en lo complicado que es aceptar que las mujeres tenemos fuerza, y en lo contradictorio que era ver a hombres muy delgados y pequeños haciendo un esfuerzo mayor, pero que por ser hombres los habían puesto en el trabajo pesado. De nuevo reflexioné que muchas veces las primeras víctimas del sistema son ellos: a pesar de los grandes privilegios que históricamente han tenido, demostrar su debilidad les es muy difícil y, para nosotras, como mujeres, demostrar nuestra fuerza es mucha mayor labor.



Sábado 23 de septiembre


Un nuevo sismo nos había despertado a las 7:55 de la mañana. Se sintió muy débil comparado con el anterior, pero nuestro miedo era el mismo o quizá mayor por el antecedente. Junto con mis amigos nos abrazamos y pensamos en lo que seguiría si la actividad sísmica no paraba, que la paranoia que teníamos no era fácil de llevar y que vendrían días difíciles, pues como humanidad y, en una sociedad en la que la ciencia nos ha ayudado a explicar muchas cosas, es muy complicado reconocer que no tenemos control sobre los sismos, que no podemos controlar todo.

Aún con el miedo, decidí irme a la brigada de la colonia del Valle. El orden continuaba y si no tenías lo necesario te lo prestaban para que pudieras ayudar. Desde el inicio de la fila te ofrecían comida, chocolates, tortas, agua, suero y dulces. Había poca gente porque muchos estaban espantados por el sismo que acababa de ocurrir.

A la entrada, un grupo de personas comenzó a cantar la canción de “Cielito lindo”. La idea era darnos ánimos, además de enaltecer el patriotismo mexicano. A unísono se escuchaba “fuerza México”, “los mexicanos no nos rajamos”, entre otras frases. Me parecía de nuevo una contradicción terrible porque en el sismo no estuvimos sólo mexicanos, ni mucho menos en la ayuda. Había voluntarios de diferentes países y en la ciudad no vivimos sólo mexicanos. Exacerbar el nacionalismo me parecía una falacia con toda la ayuda que llega de otros países, eso sin contar que puede haber otras lecturas sobre el nacionalismo que hoy se presume.

Esta vez entré sin mucha espera y estuve cargando cubetas vacías en la fila de las mujeres. Para mi sorpresa, en esa fila ya había hombres, pocos, pero se me hizo muy honesto aceptar que si no podías ayudar cargando era mejor ayudar con lo que considerabas propio, aunque muchas veces la situación no estaba para escoger. De nuevo, se hacían silencios que prometían el rescate de alguien y muchos sacaban el celular. Pude platicar con una chica a mi lado, quien me dijo que era la primera vez que entraba y que estaba muy asombrada del derrumbe del edificio porque ella transitaba por esas calles muy seguido. Coincidimos en que, al no poder dormir, era mejor cansar el cuerpo porque no se hallaba tranquilidad en la casa.

Salí muy triste y cansada, pero con la alegría de ver que mucha gente continuaba ayudando, que los ánimos no caían y el trabajo era mucho, desde quien te daba agua, quien te acercaba un chocolate o una quesadilla, los médicos que te ponían gotas en los ojos, la gente que publicaba en redes las necesidades; todos estábamos haciendo lo que creíamos necesario.



Domingo 24 de septiembre


Por la noche asistí otra vez a las brigadas. Seguía sin poder dormir y con energía suficiente para ayudar. La rutina fue la misma: pasar cubetas de escombro y estar situados un hombre y una mujer para poder cargar.

En un momento me tocó junto a una chica que me parecía que no podía cargar. Le dije amablemente que si no podía y quería cambiarse me avisará, pero se enojó por mi comentario, ignorándome y mostrándome su enojo en el rostro. Poco después se me empezaron a juntar los botes y se me estaba haciendo pesado bajarlos y luego levantarlos para dárselos. Le dije que intentara cargar sólo con las manos y no con su cuerpo y cadera, pero me respondió gritando: es como yo quiera y yo pueda. No le respondí, pero me parecía que ya estaba enojada. De pronto, un chico, al ver lo que pasaba, le dijo fuertemente: Es un hombre y una mujer en la cadena, muévete.

Ella se cambió de lugar sin cuestionar. Me pareció muy triste que las mujeres no podamos estar juntas y que a una orden de un hombre obedeciera y no a mis consejos. La lucha no es entre nosotras. Ese detalle me hizo pensar de nuevo que continuamos perpetrando una lucha de poderes muy fuerte y que el enemigo muchas veces somos nosotras mismas y nuestras estructuras mentales.

Al terminar la jornada, me junté con unos chicos de licenciatura para cenar. Me dijeron que llevaban varias noches en el edificio de Álvaro Obregón, pero habían llegado a éste porque tenían un conocido entre los brigadistas que los dejaría pasar pronto sin hacer filas, como los demás. En ese momento, sin medir mis palabras y sus consecuencias, les dije: Pero eso es corrupción, ¿no se dan cuenta? Esto no es un show. Ellos agacharon la cabeza y me respondieron: No lo habíamos visto así, pero también si no haces eso no logras entrar.

En ese momento ya no respondí. Me quedé pensando en la corrupción tan enraizada en nuestros actos, en que no entendemos cómo nos acompaña en nuestra cotidianidad y en los momentos más difíciles de la vida. De nuevo la tristeza me invadía, quizá más por darme cuenta de que no es tan fácil acabar con la corrupción y que aún en los jóvenes está bien situada, aunque nos demos cuenta de que mata.



Lunes 25 de septiembre


La rutina de ir la brigada por la noche se me estaba formando, pues evadir el descanso en mi departamento se me hacia lo más factible. En la fila conocí a una realizadora documentalista. Tuvimos una buena plática y reflexionamos en lo complicado de la representación de un desastre. Comentamos que ninguna de las dos había podido sacar la cámara e intentar documentar porque nos parecía difícil, incomodo e incluso antiético y que quienes lo harían, evidentemente, serían los reporteros y los fotógrafos de oficio, pues su objetivo es otro. Ella me dijo que no era capaz de sacar su cámara porque le parecía de mal gusto, pues el trabajo documental no debe ser sensacionalista sino de mayor profundidad. Yo le dije que, como antropóloga, no pensé en sacar la cámara, que a veces sacaba el celular para tomar una foto, pero que la cámara en estos momentos no era la mejor herramienta; quizá después. Hasta ese momento sólo había pensado en ayudar y no en documentar, pero lo que me molestaba en los días subsecuentes era la corrupción y la jerarquía que hay en nuestra sociedad y que brilla ante estas catástrofes, y sí era importante documentar eso en imágenes y testimonios.



Martes 26 de septiembre


Traté de regresar a mi vida habitual, pero con la firme idea que no regresaría a la normalidad, pues para mí ya nada era normal. Me encaminé a la Universidad Iberoamericana. Trataba de tranquilizarme y de concentrarme en mis lecturas. Regresé a una escuela llena de quejas porque algunos maestros querían volver a la normalidad, pero ésta no aparecía. Nadie tenía cabeza para poder seguir trabajando, además el pánico era colectivo.

De entre las charlas de pasillo, escuché el coraje de alumnas diciendo que sus profesores exigían las tareas en las que se habían quedado antes del sismo, y para ellas era importante hablar de lo que había pasado y de preguntarse cómo ayudar, lo que incluso el propio Rector había señalado un día antes. Y es que, en verdad, la normalidad no podía aparecer; después de esto podremos habituarnos al miedo y a las extremas precauciones, y eso no es “normal”.



Jueves 28 de septiembre


Por la mañana tuve la oportunidad de ir con un grupo de cuatro voluntarias de León, Guanajuato, a un taller con niños y niñas de Xochimilco en la colonia La Cebada. Una de las representantes de padres de familia se había contactado con el grupo para pedir ayuda y nos recogió en una parada para llevarnos a su casa. En el camino nos comentó que los niños no regresarían a su escuela quizá en tres meses porque ésta sufrió muchos daños. Para los niños era difícil aceptar esto porque algunos ya querían regresar y otros más tenían miedo porque el sismo ocurrió en su horario escolar.

Nos advirtió que el tema del sismo se estaba volviendo tabú, pero que ella creía que era necesario hablar al respecto y por eso solicitaba el taller. Yo había sido invitada a apoyar por parte de las brigadas que se formaron en la Universidad, pero no conocía la experiencia. Las chicas voluntarias me ayudaron y juntas hicimos un taller en el que, básicamente, después de unas dinámicas de juego con los niños, trataríamos el tema para socializar las experiencias por medio de dibujos y de testimonios.

Llegaron casi 30 niños de la colonia de entre 6 y 12 años de edad. El taller lo dimos en la calle, que los vecinos habían cerrado con listones. Los niños estaban felices de poder salir de sus casas un poco de tiempo, pues muchos no habían salido desde el 19 de septiembre. Al abordar el tema del sismo, muchos de ellos nos contaron abiertamente el miedo que tuvieron en el momento, además de pensar que morirían porque no habían pasado por algo así. Un niño reconoció que tuvo ganas de llorar, pero que prefirió correr y que sus maestras sólo gritaban. Algunos niños se habían caído y se arrastraron hacia la salida; algunos tuvieron heridas por caídas. Coincidieron en que el simulacro y el sismo son muy diferentes, porque en éste no hay calma y en lo único que pensaban era en salir de la escuela.

Después del sismo pasaron mucho tiempo sin saber de sus papás. Algunos tardaron 4 horas en rencontrarse con ellos, por lo que la angustia era mayor. Un niño de 12 años expresó que no podía dormir y que a veces pensaba que esto volvería a pasar. Algunos niños se rieron de él, pero entre todos reconocimos que no era malo aceptar el miedo y que reírse no era correcto.

Por la noche, tuve un momento bastante ajetreado. Un amigo cercano fue desalojado de su edificio en la calle de Pacífico en la delegación Coyoacán. El edificio estaba inhabitable, pero no hubo victimas. El tema es que llevaba más de una semana esperando afuera, pues existía la promesa de Protección Civil de dejarlos entrar para poder recoger los objetos más importantes. Para ello se necesitaban muchas herramientas y materiales, como polines de acero, que la delegación no facilitó, pero al final los pudieron conseguir y con un ingeniero que se hizo cargo se colocaron. La propuesta era que cada departamento tendría un tiempo de media hora para sacar sus cosas, por lo que era una labor rápida y minuciosa.

Para las 19:30 horas ya habían logrado entrar los compañeros de casa de mi amigo. La instrucción de Protección Civil era que tenían media hora más para bajar lo que pudieran, mientras otras tres personas esperaríamos abajo para cuidar las cosas y después llevarlas a una bodega cercana que habían conseguido. Todos traíamos casco para estar cerca del edifico. Durante más de media hora estuvimos bajando cosas, hasta que un “voluntario” que había llegado al edificio dijo que podían estar otra media hora. Casi al finalizar ese tiempo, el “voluntario” se nos acercó a decirnos que llevaba 10 días sin ver a su familia y que todo lo hacía por ayudar a quienes fueron afectados. Su testimonio me parecía algo raro pues destacaba el sacrificio. Eventualmente nos dimos cuenta de que esa historia era para pedir dinero. Mi amigo no sabía qué hacer y me dijo que no quería darle dinero porque no sabía ni quién era; que, si bien lo había ayudado a bajar cosas, no era una acción sensata darle dinero. Así que le regaló unas pistolas de juguete a otros dos “voluntarios” y se le dio dinero. A todos nos parecía una acción terrible que se aprovecharan de las desgracias.



Viernes 29 de septiembre


Volvimos para continuar sacando parte de las cosas del edificio de Pacifico. Esta vez entraría mi amigo y así podría sacar lo que él consideraba lo más importante. Antes de esto, los policías que estaban resguardando la zona se nos acercaron para pedirnos comida que había en el campamento y que justo mi amigo se encargó de gestionar. Comenzamos a platicar con ellos sobre el sismo, sobre lo indignante de darle dinero a la gente para poder recuperar las cosas después de haber pasado por una desgracia. Dos de ellos se detuvieron a explicarnos sobre su hartazgo con el gobierno de la ciudad. Estaban molestos porque los estaban poniendo en jornadas de 24 x 12 horas, es decir, trabajan un día completo y descansaban medio día por el plan de contingencia, y ya estaban muy cansados. Nos expresaban que el apoyo de la sociedad civil era más que cualquier otro, y que eso era evidente, que ellos sabían que la desventaja que tenemos al ser ciudadanos es porque los políticos nunca pierden nada; al contrario, ellos siempre ganan.


Una de las policías, con los ojos llenos de lágrimas, nos dijo que no podía creer en el abandono en el que nos tenía el gobierno y que este sismo sólo había demostrado su falta de interés por el pueblo. Nos dijo que el cambio no se daba porque todos nadamos para lados contrarios, si nadáramos para el mismo lado otra cosa sería. Se secaba las lágrimas con las mangas de su uniforme. Su indignación era mucha y nos la contagiaba, pero sólo la escuchábamos.

Otro de ellos reconoció lo difícil que es ser policía en la ciudad, porque no hay garantías. Comentó que a cada rato los castigaban por cualquier pretexto, lo cual ya era intolerable, y que sabían que es la forma en que los manipulan porque no tienen otra forma de trabajo, pero que eso ya no es vida. Y, sobre todo, les parecía indignante que ante la tragedia ningún político se hubiese pronunciado y mucho menos ayudado; todo era demagogia, según ellos.

Se presentó de nuevo la oportunidad para acceder al departamento, pero los “voluntarios”, que eran tres y que Protección Civil había dejado pasar, seguían ayudando a bajar cosas. Era la forma en que ellos estaban haciendo su agosto: ayudando a bajar muebles pesados pese a que estaba prohibido, para que al final pudieran pedir una “cooperación”. Los vecinos del edificio, al ver que algunos bajaban incluso escritorios, se enojaron y reclamaron el derecho de bajar muebles. Pero no se daban cuenta que los “voluntarios” y Protección Civil lo hacían para dividirlos, para ponerlos a pelear y así poder bajar más y poder cobrar más. Mi amigo y sus compañeros se dieron cuenta de esa circunstancia y decidieron dejar lo que restaba por un tema de dignidad y de paz, pues ya no querían saber más del asunto, que había supuesto un gran desgaste físico, emocional y económico. Además, consideraron que tanto Protección Civil como los “voluntarios” estaban aplicando el casi infalible divide y vencerás.

Me llenan de indignación las formas en las que reproducimos la corrupción en nuestras acciones. Me enervan las desigualdades sociales de género, de clase y de etnia de las que he sido víctima, testigo y cómplice. No estoy para nada orgullosa de ser mexicana. Me parecen demasiado contradictorios los nacionalismos exacerbados, pues no obedecen a la razón sino a una manipulación de nuestros peores sentimientos. Creo en la humanidad y en las muestras de solidaridad; sin embargo, es necesario derrumbar muchas de las estructuras mentales que tenemos y erradicar las enormes brechas sociales. En fin, aún hay mucho por hacer.